jueves, 30 de marzo de 2017

Los sin-patria II: El racismo de verdad.

Me toca mucho las narices este tema, pero quiero explicarme, porque parece que el racismo es un tema de “o blanco o negro” y realmente no es así por mucho que nos lo pinten como tal.

“Se te ve nervioso, tranquilo, te leemos, paz”.

Vemos constantemente en los medios, noticias sobre los refugiados (ahora ya menos, habrá pasado un poco de moda). A su vez, vemos gente en Siria o Irak muriendo día tras día, sin descanso, por coches bomba o atentados en general, y lejos de decirte “ha habido X cifra de muertos”, en los medios de aquí dicen un “ha habido decenas de muertos”. ¡VAYA, YA ME QUEDO MÁS TRANQUILO SABIENDO QUE HAN SIDO UN NÚMERO TAN CONCRETO COMO “DECENAS”!

El ser humano es hipócrita. Simulamos que nos interesa lo que pasa en Siria, y que queremos acoger refugiados, y a los de aquí que saltan la valla de la frontera sur, los acogemos con pelotazos de goma y levantando alambradas de tres metros con cuchillas.

Llegan inmigrantes, tienen hijos, y cuando estos alcanzan una edad madura, lo primero que hacemos es preguntarles “¿de dónde eres?” al ver un nombre raro pese a que físicamente tampoco parecen muy de fuera. Interés, mero interés. Tampoco parecían demasiado de aquí, ¿no?

Me muero de rabia, principalmente porque lo que pasa es que no somos conscientes de lo que realmente es el racismo. Racismo no es poner la etiqueta a alguien de “negro”, “moro”, “gitano” o “sudaca”. Racismo es acompañar esos adjetivos con estereotipos que engloben a todo un grupo poblacional.

Os voy a poner un ejemplo. En un lugar determinado, en un momento concreto, en mi presencia, se llevó a cabo la siguiente conversación:

-          El moro este, que no se quiere duchar, el muy guarro.
-          Sí, es que yo creo que todos son iguales. Debe ser cosa de su cultura o algo.
-          Si lo quieren hacer en su país que lo hagan, pero aquí hay unas normas.

“A cuadros me dejas”.

Esta conversación la tuvieron dos personas delante de mí, sin saber seguramente mi nombre ni mi ascendencia. Y no dije nada. No soy el tipo de persona que se dedica a salvar el mundo ante las injusticias de la gente inepta. Si fuese un superhéroe, igual les patearía la boca, pero tampoco es que me importe demasiado esto. Realmente si me tuviese que parar a enfadarme y reaccionar cada vez que oigo una cosa de estas, o simplemente la intuyo de alguien que sabe quien soy, quizás no saldría de casa. 

Y cosas como estas pasan a diario, y se dicen como quien no quiere la cosa, con convicción y sin siquiera hacer un intento de parecer humor. Yo reconozco que muchas veces hago humor racial con mis amigos, pero es humor. Es como si le digo a alguien negro que come chocolate “cuidado no te muerdas los dedos”. ¿Me vais a etiquetar como racista? ¿Y si nos reímos los dos? ¿Acaso no entenderemos que es una broma y lo diferenciaremos de la realidad? ¿No es absurdo que alguien se muerda los dedos por el hecho de comer chocolate? ¿Y qué hay de la gente que no hace chistes, pero piensa de forma suficientemente estereotipada como para creerse superior intelectualmente a un inmigrante o alguien de ascendencia extranjera? Ya no hablo de la diferencia de clase social entre un pobre y un rico, estoy hablando de la gente que se cree superior por el hecho de ser de un lugar determinado, tener ascendencia de un país o quizás tener un color de piel más claro. 

¿Welcome Refugees pero luego nos pensamos que somos superiores a ellos, que trabajarán para nosotros y que, cuando vengan, les podemos dar un cobertizo, unas herramientas, y ale, a arreglar tuberías que es lo que hacéis los moros? Sé que puede parecer exagerado esto que estoy diciendo, pero desde luego habrá quien lo verá lo más normal del mundo, y eso es lo que me quema por dentro. 

¡Por el amor de dios, si soy el primero en reírme cuando alguien me hace un chiste sobre el hecho de que no coma jamón! ¡Pero odiar a alguien por algo que no puede controlar, es del todo absurdo! Es como si yo odiase un árbol por el hecho de estar arraigado en la tierra, o un pez por el hecho de vivir en el agua. 
Esto por ejemplo, también me hizo mucha gracia. 

Pues bien, hay una diferencia grande entre hacer una broma entre colegas, y decir una afirmación de forma seria a alguien que además te da la razón. Es como si un médico dijese a su colega de consulta “todos los negros tienen sida, no hace falta que le hagas esa prueba”, o una asistenta social dijese “es gitano, mejor quitamos el hijo a los padres, que deben ser delincuentes”, o como si en una tienda dijesen “¿el pasillo de la fruta? Mejor le llevo al de los frejoles que es más para usted”. Esto me recuerdo a un comentario de una persona, que al ver un niño con obesidad, lo primero que pensó y así nos lo hizo saber, era que lo mejor era esterilizarlo para que no tuviese descendencia. Y no diré el cargo que ocupaba ni tampoco el lugar en el que lo dijo, porque lo dejaré para otra entrada en la que trate el tema más en profundidad.

Como si me dijesen a mi “el jamón es típico de aquí, así que, si no lo comes, no eres de aquí”. Y sí, me lo han dicho seriamente.

En el anterior blog de “Los Sin-patria” hablé de la hipocresía de la gente con los inmigrantes o los hijos de los inmigrantes. En este os quiero evidenciar la causa de esa hipocresía, y es que, en muchas ocasiones, los autóctonos de un país, no ven a la gente inmigrante como iguales, y eso es muy triste. Aunque no nos consideremos racistas, si no somos capaces de ver a la gente de otra procedencia, color de piel o nacionalidad, como iguales, sí, realmente somos racistas. Mejor dicho, somos asquerosos y despreciables racistas que no deberían salir de sus casas por el bien de la sociedad hasta que aprendan que los humanos somos todos iguales y merecemos las mismas oportunidades, sin ser estereotipados por motivos de raza, nacionalidad o género.
"Señor cursiva está confuso. Tan confuso que se hiere a sí mismo".

Nos dedicamos a decir a la gente que huye de un país en guerra, que venga aquí, que les recibimos con los brazos abiertos, y a la que llegan, les ponemos una etiqueta, unos estereotipos, y por mucho que no seas así, da igual, te trataremos como lo que eres, inmigrante. Y lo que más duele es que lo haga gente que te acoge, pero que nunca te considerará un igual. 

¿Sabéis? Eso que dicen de "adaptarse al lugar al que vas" es diferente a "integrarse", porque uno es cambiar tu cultura, tu religión, tus hábitos, perder tus tradiciones y que tu yo se pierda en la cultura autóctona, y el otro es coger tus hábitos, tus tradiciones y tu cultura, seguir con ella, y establecer unos límites que te permitan expresar tu forma de ser con libertad, siguiendo así, siendo quien verdaderamente eres.

Y esta realidad duele a mucha gente.

jueves, 16 de marzo de 2017

La gente hipócrita (parte II)


Esta entrada va a estar graciosa, pero quien me conozca, sabe que no me gusta decir las cosas directamente, tanto para lo bueno como para lo malo. Así pues, os voy a contar un cuento.

“Lo has vuelto a hacer, mago de las palabras, acabas de captar la atención de mis sentidos de nuevo”.

La historia se titula “el rey y el mendigo”… no, no, mejor… “el explotador y el obrero”. Mmm…

EL EXPLOTADOR Y EL PARADO

Típica visión aérea de Gironastán
Hace muchos, muchísimos años, en un lugar muy y muy remoto llamado Gironastán, vivía un joven parado con tantos otros. Estos, habían venido de un país muy lejano a ganarse la vida en la impronunciable ciudad de Bagdsalt. El protagonista, buscando faena, encontró un lugar donde se ofrecía trabajo para inmigrantes. Contento y feliz como una perdiz, se fue a apuntar, y al día siguiente recibió una llamada de un patrón de la obra, que le ofrecía trabajo para construir uno de los edificios más altos de la ciudad.

La ciudad de Bagdsalt era muy y muy rica porque tenía muchos y muchos yacimientos de petróleo. No obstante, la riqueza estaba muy mal repartida, y de igual modo que había muchos ricos, también había muchísimos pobres que no tenían dinero para vivir sin que su trabajo se pudiese dejar de considerar como una esclavitud moderna. Además, tampoco había derechos laborales para estos pobres asalariados, y cuídese alguno que quisiera reivindicarlos, pues sería deportado a su país de origen.

Nuestro protagonista, al que llamaremos Abdul (porque me parece un nombre sonoramente gracioso), se presentó a su lugar de trabajo el día que debía, y empezó a trabajar, 12 horas al día, 7 días a la semana, 30 días al mes, 12 meses al año. Todo con un sueño, llegar a trabajar lo suficiente para algún día poder ser considerado un ciudadano de Gironastán.
Aquí está Abdul recogiendo vete tu a saber qué. 


No obstante, lo que no sabía era que el propietario de la empresa en la que trabajaba, Karim Bahalacara, también conocido como “El Usurero”, no tenía pensado permitir que ninguno de sus trabajadores consiguiera la nacionalidad y, por tanto, los derechos del país. ¿¡Qué locura sería esa!? Eso sí, cada viernes, Karim no faltaba a la Mezquita a rezar, no vaya a ser que se le olvide pedir perdón por ser un ser ruin.

Así invertía el dinero Karim El Usurero
Nuestro Abdul siguió trabajando sin descanso hasta que falleció y su cuerpo fue enviado a su país sin ser nunca así, considerado un habitante de Gironastán.

Su hijo, Marwan, sabedor de la historia, viajó a Gironastán para ganarse la vida como su padre. Este, no obstante, no era como su progenitor, pues era conocedor de la lucha de clases, y que esta, por mucho que la pintasen de colores bonitos, siempre era existente en un país capitalista como Gironastán.

Una vez allí, fue directamente a la empresa de Karim El Usurero, y vestido con sus mejores galas, pidió hora con él, haciéndose pasar por un gran inversor.

Típica sala de espera de Gironastán con sus bailarinas del Raluy
Su plan era acabar con la vida de la persona que había explotado a su padre y se había aprovechado así, de tantas otras personas.

No obstante, mientras esperaba en la sala de espera, vio una chica que se acercó a él y se sentó a su lado. Sin saber quiénes eran, empezaron a hablar entre ellos, y siempre con el pretexto de ser un inversor, Marwan descubrió que ella era la hija de Karim El Usurero. Tenía delante la persona más importante para el hombre al que más odiaba, un disparo difícil de fallar.

No obstante, algo pasó en esa conversación que llamó la atención a Marwan. Resulta que la hija de Karim El Usurero, pese a ser consciente de que su padre explotaba a sus trabajadores, tenía la concepción que estos eran libres, y que si trabajaban en esas condiciones laborales era porque ellos querían, no porque el sistema les obligase. Tampoco creía que las condiciones de trabajo fuesen tan duras, ni veía malestar alguno en las caras de los trabajadores, puesto que, si tenían algún problema, se podrían haber quejado. En definitiva, que Gironastán estaba muy bien, y que ellos iban allí a ganarse la vida como buenos pobres.

Fue en ese preciso instante que Marwan confesó ser quien era, opción que nunca debió haber seguido. Pasó de ser considerado un rico más en aquel pastel de cerezas, a ser echado cual hormiga ante un insecticida.

Marwan, horrorizado ante tales palabras y sorprendido por la concepción de “libertad” que tenían en aquel país, entendió algo que nunca olvidó jamás y que se repitió en el camino de vuelta hacia su casa una vez descartó su plan.


Los ricos nunca verán al pobre como un humano igual que ellos. Los pobres nunca creerán que puedan llegar a ser igual que los ricos. En definitiva, el sistema crea personas que más que vivir, lo que más anhelan es ganar dinero. 

PD: Las mil y una noches, un relato que se quedó corto.

jueves, 9 de marzo de 2017

El sentido de la vida


El otro día salía la NASA anunciando que habían encontrado 7 planetas como la Tierra, en un sistema planetario cercano que iba a durar suficiente para esperar a que lleguemos. Que era probable que hubiese vida, o como mínimo, condiciones para la vida. Esta noticia la comentaba incluso mi madre al transportista que nos trajo una lavadora nueva la semana pasada. Sí, sí. "¿Dónde le dejo la lavadora? Oh, vaya, nuevo sistema planetario, sí, sí, siete planetas uf, usted le da al botón y ajusta las revoluciones, sí, sí, vida por ahí, ya ve, qué locura, el suavizante ahí".

Puntualizo que me parece lamentable dedicar tanto a algo que queda a una distancia bestial, para buscar vida en el universo, cuando no damos importancia a la que tenemos en la Tierra, y ya ni hablo de animales en peligro de extinción, me refiero a humanos como nosotros. En fin. La hipocresía del primer mundo. Ya hablaré más del tema cuando acabe de leer un libro que tengo a medias titulado "El hombre mojado no teme a la lluvia" que me está dejando de piedra.

Ahora os voy a contar una cosa, cambiando totalmente la dirección de la entrada, que nunca he contado a nadie, pero es cierta. De pequeño era mucho de mirar documentales, y eso llevó a que me cuestionase desde muy pronta edad cosas como el significado de la vida, cómo sería el mundo si yo no estuviese, o qué papel puede jugar una única persona en la historia del universo.

"Es el típico pensamiento que todos tenemos cuando nos levantamos por la mañana y fijamos la vista en un punto, nos empanamos, y lo acabamos lamentando cuando llegamos tarde".

Esto me lo planteaba con, quizás, 7 u 8 años, y desde entonces muchas cosas han pasado a lo largo de mi vida. Demasiadas incluso, a veces pienso que ojalá hubiese podido tener una vida normal y corriente.

Y aquí llego a la respuesta del significado de la vida. Sí, no la voy a guardar para el final, ni tampoco quiero crear un hype excesivo por algo que tampoco es que sea algo revolucionario. La respuesta a la pregunta es, que es irrelevante.

“¿Eso te parece una respuesta?”.

Nos pasamos años de nuestra vida, décadas incluso, dedicándonos a conseguir una faena estable, a estudiar, a discutir por dinero, y comprar cosas efímeras. Sexo, drogas, comida, juego… Buscamos constantemente excusas para abstraernos de la realidad, privándonos así de ver más allá del castillo de ilusiones que la sociedad y la cultura ha creado para que nos dediquemos a algo más que no sea ver qué somos.

Estamos horas, días, semanas, en Facebook, chateando, dando "me gusta" a cosas que no nos gustan, mirando fotos de Instagram y dando "me gusta" a fotos que nos importan un bledo, leyendo artículos de las redes que olvidamos en segundos, preocupándonos por quien nos ha dejado de seguir, quien nos ha borrado de "amigo" de Facebook, o quien nos ha bloqueado en Whatsapp. Pensamos en una vida que no es la nuestra porque la nuestra es demasiado fría, y podemos hablar con más gente a través del móvil que en la realidad de carne y huesos, porque también es más sencillo, y te ahorras ver la cara de tu interlocutor.

Nos acostumbramos a hablar por escrito, sonreír en las fotos de las redes sociales, contar lo bien que nos lo pasamos, y esperamos que la gente se alegre por ello. Y lo compartimos porque creemos que es normal, y necesitamos ese respaldo del resto del grupo para sentirnos integrados. Todo el mundo lo hace, claro, cómo no lo íbamos a hacer.

Te sientas en una mesa, entablas conversación con un desconocido y se creen que estás loco. Claro, supongo que porque en Facebook, Twitter, Instagram o Tinder también se hace, pero como no ves los ojos de tu interlocutor mientras le hablas, no estás invadiendo su zona de seguridad.

¿Es esto evolución, o involución? No parece que nos estemos adaptando a la realidad, más bien estamos creando una realidad que nos parece más bonita cuando la verdad es que estamos huyendo de nuestros problemas para concentrarnos en algo más sencillo. Hablamos entre nosotros sin tener que ver los gestos de los demás, los imperfectos rostros, los tic, los errores dialectales... Somos conscientes que no tenemos la otra persona delante y podemos hablar de lo que se nos antoje, pero cuando tenemos delante a alguien, la cosa cambia, tenemos un humano como nosotros. Una vida.

El significado de la vida es que todo eso es irrelevante. Estamos vivos y eso es lo que verdaderamente importa. Tenemos la posibilidad en nuestra mano de hacer cosas grandes, primero para nosotros, y luego para todos los demás. Para eso hay, primero que ser consciente de ello.

Podemos alcanzar aquello imposible, y hacerlo posible, que nos vean y piensen que tampoco era tan difícil, y así avanzar. Ser el primer paso para algo y a su vez un gran paso para la humanidad, o no, porque a quien demonios le importa la humanidad, pero siempre sin dejar de entender que es un primer paso vuestro más allá de lo que quieran los interesados.

La vida no es fruto de la casualidad, amigos, no seamos necios, la vida es fruto del esfuerzo por sobrevivir de unos microorganismos que se tuvieron que adaptar a los cambios que veían, que sufrieron mil y una piedras del camino hasta alcanzar el hecho de cuestionarse, qué somos y donde vamos. Eso es la vida. El resto es irrelevante.

Es irrelevante el dinero, porque sí, un rico es rico a base de explotar, y un pobre es pobre porque el mundo está mal repartido, pero nada de ello le da o quita al otro la posibilidad de hacer cosas grandes. Lo único que lo impide es la sociedad, la cultura, el egoísmo y la falta de visión más allá del cegador dinero.

Tenemos dos manos, un cerebro, y un corazón, y eso nos ha de bastar para lograr hacer de este un mundo mejor, tanto para nosotros, como para la gente que nos rodea, como para los que no nos rodean, pero ¿qué demonios es rodear en un mundo globalizado?

El sentido de la vida es que no tiene sentido de por sí. Tú le has de dar el sentido. Tú la haces grande, si quieres.

¿Pudo haber existido el universo sin vida? Por supuesto. ¿Pudo haber existido un universo sin ti? Por supuesto. ¿Pudo haber existido un universo en el que tu no estuvieses leyendo esto? Está claro.

“Entonces, ¿por qué estoy aquí leyendo esto?”.

Lo estás leyendo precisamente porque has creído conveniente leerlo, de igual modo que una bacteria pensó (bueno, ya me entendéis…) que era importante sobrevivir. Años después, años y años después, desastres naturales, muertes, desapariciones de especies, selecciones naturales, años y años después, aquí estás tú, leyendo que tu vida tiene el sentido que tú le quieras dar. Ese es el significado de la vida.

Hagas lo que hagas, le estarás dando un significado a tu vida, en un universo intrascendente ante lo que puedas hacer. Así pues, adelante y sin miedo.

Cuando uno conoce la importancia de su vida, pueden pasar dos cosas. La primera es que todo siga igual. La segunda es que quiera cambiar las cosas, y cuando uno quiere cambiar algo, acaba de hacer el primer paso para conseguirlo. 

jueves, 2 de marzo de 2017

La gente hipócrita (parte I)


Queridos lectores, voy a dedicar unas cuantas entradas a hablar sobre gente hipócrita que he conocido. Ya sabéis sobre mi política de no usar nombres, y como siempre digo, si alguien se da por aludido, por algo será.

La hipocresía, según la tan apreciada Wikipedia, es “el deseo de esconder de los demás motivos reales o sentimientos. La hipocresía no es simplemente la inconsistencia entre aquello que se defiende y aquello que se hace; sino que también es la falsedad que demuestra una persona. Es decir, una persona hipócrita es aquella que pretende que se vea la grandeza y bondad que construye con apariencias sobre sí misma, propagándose como ejemplo y pretendiendo o pidiendo que se actúe de la misma forma, además de que se glorifique su accionar, aunque sus fines y logros estén alejados de la realidad”.


En esta primera parte de este grupo de entradas voy a comentar un caso particular. Veréis, yo cuando acabé bachillerato, no entré en la universidad por falta de nota, e hice un año sabático, en el que, además de conocerme a mí mismo, busqué trabajo. En una ocasión, me llamaron de una agencia de comerciales telefónicos para trabajar en lo que se llama “puerta fría”, es decir, el típico pesado que pica para venderte un ADSL. 

Fue a finales del año 2010, justo cuando la crisis pegaba con más fuerza y asolaba los bolsillos de los más vulnerables. 


El primer día me dijeron que fuese de prueba. Se ve que cobrabas a comisión según lo que vendías, así que era importante saber vender bien. Realmente solo estuve un día ahí, así que imaginad cuál grata fue mí impresión. 


Empezamos en un par de bloques, y lo que más me llamó la atención al principio fue que, el tipo que se suponía que me iba a enseñar, se dedicaba a picar a los bloques, y a engañar diciendo que era el del gas para que le dejasen entrar. No contento con eso, si no le abría algún piso y tenía algo en el buzón que sobresalía, se lo cogía, lo abría, lo leía, y lo tiraba a la basura. Impresionante. Recuerdo perfectamente como cogió una carta de un buzón del piso que no le había abierto, de una agencia de cobro de moroso, la abrió, la leyó, y la tiró a la basura. 


Esa no fue mi primera impresión, porque realmente todo pasó en Santa Coloma de Farners, y durante el viaje de ida me tuve de tragar la desagradable halitosis de los dos personajes que se suponía, me iban a enseñar el oficio, un gordo y el otro flaco. Magnífico. De chiste.
Tal cual algo más vestido y sin exagerar. 


Además de parar cada par de horas para hacer un café y fumar como locos, se pasaban todo el día comiendo tapas y hablando de sexo. Fue en uno de esos momentos en los que entendí que mi vida debía servir para algo, y no podía llegar a ser alguien como esos seres nunca jamás.

“Un poco creído te lo tienes. Esa gente solo trabajaba de lo que podía…”.


Vistas las credenciales de mi sensei de la puerta fría, el siguiente paso era enseñarme como vendía algo a alguien. Quien mejor para ser engañado, que una amable señora que se sentía sola y quería alguien para hablar. Sí, amigos, le vendió un ADSL a una octogenaria. Bravo.


En ese momento, algún cable se me cruzó. Una vez ya le había endosado el cachivache a la pobre anciana, mi amable profesor se quiso tomar un descansito para tomarse una cerveza con olivas. Fue en ese momento que le solté un disparo en la sien en forma de pregunta.


“¿Te sientes realizado vendiendo ADSLs a ancianos que no lo van a usar nunca?” fue mi pregunta. La recuerdo perfectamente y también la cara de sorpresa del rollizo usurero. Él, al no esperarse una pregunta de tal calibre, me respondió con un “bueno, igual con eso la viene a visitar más su nieto y así tiene wifi”. Bravo. Además lo dijo entre risas similares al gruñido de un puerco. Brillante respuesta, don boliche. 


Pero no me contenté con esa pregunta. Quise ir más allá. “Yo no podría dedicarme a algo que se basa en engañar a gente para cobrar más a final de mes”. Bam. Zambombazo a mi querido mentor. Me respondió “si no eres capaz de dejar la ética a un lado, mejor no te dediques a esto, pero algunos no nos dedicamos por placer, sino por necesidad, y no creo que tengas demasiadas opciones de encontrar faena hoy en día”. 


Después de eso me tocó aguantar un par más de cervezas y cigarros de mis amables profesores, y el viaje de vuelta a Girona con su halitosis acrecentada. Nunca más supe de la faena, ni tampoco lo quise. A partir de ese día y durante los siguientes 4 años, estuve sin trabajo, y al año siguiente, empecé la carrera de enfermería. Y todo con una promesa que me hice aquel día, jamás cobraría un sueldo de un oficio que me obligase a poner mis principios morales de lado.



Supongo que en la vida de toda persona hay un punto en el que comprendemos la importancia de la moral y la ética, y hemos de decidir si queremos mantener nuestros principios ante todo, o estos también tienen un precio. 

jueves, 23 de febrero de 2017

Los "Reyes Magos" y las ilusiones

Hola, ¿qué tal lector?

“Bien, Omar, aquí andamos, perdiendo el tiempo leyendo este blog, como cada jueves, y tú qué t… bueno, da igual, lo ibas a contar de todos modos…”.

Yo bien, gracias por preguntar. Hoy cumplo un año de operado después de llevar gafas durante 20 años. Pero bien. De hecho, hoy no venía a hablar de mí. Vengo a contar una historia sobre los Reyes Magos. Sí, sí. Los que habéis leído otras entradas, entenderéis a qué me refiero, y los que no, pues ya lo iréis pillando.



El otro día pensaba en cuando mi padre me contó que los Reyes Magos no existían. Qué desolación me invadió por dentro (de hecho, no fue tanta, fue raro, pero no me entristecí ni nada). Esta historia ya la resumí en medio de una entrada, que os animo a leer.

La cosa es que, pese a que sabía que los Reyes Magos eran mi padre y mi madre, en el fondo siempre tenía esa ilusión de niño pequeño de pensar que los regalos eran fruto de la magia, y que, de algún modo, la noche de Reyes tenía algún secreto místico.

No obstante, la vida para los pobres, es como una temporada de Juego de Tronos. Empieza suave, tranquila, hasta aburrida, y al final, <<PAM>>, decapitación al canto. En el caso de los Reyes Magos, te das cuenta que si no regalas tú, no hay regalos, así que la “magia” se rompe totalmente. A tomar por culo el misticismo, las cartas, los pajes y toda la mandanga.

Lo mismo pasa con tantas y tantas cosas en la vida. Nos ilusionamos, como es normal, con tonterías. Luego nos damos cuenta que no, que es imposible, nuestro lado racional nos indica que es inviable. Aún queda algún resquicio de esperanza en nuestro cerebro (a los ilusos nos pasa más y es peor, cual heroína para un adicto). Y finalmente, viene, o la hostia de frente, o bien…

“¿O bien…?”.

Comprar los regalos.

Básicamente lo podríamos resumir en que, a veces es mejor cerrar una puerta de la que sabes que no va a entrar nadie, y abrir una ventana para que entre el aire fresco, que quedarte esperando y mirando la luz que asoma tras esa puerta que ya sabes que no lleva a ningún lado.

La realidad es como un agujero negro del que, si no te acercas demasiado, puedes vivir en una falsa felicidad de ensueño e ilusión. Si te acercas un poco, notas el ralentí del tiempo y la deformación del espacio. Y al final, si te metes en el horizonte de sucesos, es cuando te das cuenta que todo ha sido una auto-mentira.

El ejemplo del agujero negro queda mejor de lo que nos pensamos. Si uno se acerca a un agujero negro, el tiempo pasa más lento para él, pero más rápido para los demás. Es como cuando uno se come el coco, que parece que todo deba ser un drama, cuando en realidad, es una inmensa chorrada enorme visto en perspectiva.

En definitiva. Los Reyes Magos no existen, es una putada, pero es verdad. Cuando somos niños, está bien creer en ello, y más si vivimos en sociedad y el resto de críos también creen en ello. Eso sí, hay que saber que cuando uno crece, las ilusiones también cambian, el mundo se vuelve más áspero quieras o no, y las perspectivas dejan de ser tan bonitas.

De ahí la frase del Maestro Aemon a Jon Snow “Mata al niño, Jon Snow, mata al niño y deja nacer al hombre”.

“Me encanta porque acabas con una cita celebre”.


jueves, 16 de febrero de 2017

Así amó Zaratustra


Un joven llamado Zaratustra, Zara para los amigos, vivió toda su vida en una burbuja de fantasía, siendo un ángel sin sexo ni atracción por otros humanos. Así era nuestro Zara (espero que no me reporte Inditex por Copyright).

Cierto día, Zara conoció a una hermosa chica, y sin saber cómo calificar lo que sentía, se creyó enamorado perdido. Suspiraba y por cada suspiro, exhalaba anhelos de pasar tiempo con esa chica, un amor platónico por quien sí perdía horas pensando, y por quien, por el contrario, no sabía si existía reciprocidad. Y además estaba buena. 



Zara no sabía qué era amar, pero viéndose cegado por el amor, se vio dispuesto a superar los obstáculos que hicieran falta por tal de no estar solo en este frío mundo. No era tanto querer dedicarle tiempo, sino que más bien, debía dedicarle tiempo.

La chica, al ver que nuestro Zara le servía bien como muleta para un cojo, procuró aprovechar al máximo ese sentimiento que sentía Zara por ella. No le importaba estar con alguien a quien no amaba, pero como mínimo no pasaba sola su estada en este frío mundo.

"Siempre con papeles malos para las chicas en tus blogs, Omar. Eres un machista y un opresor".

Cierto día, apareció un joven más poderoso que nuestro querido Zara. Cuando digo “poderoso” me puedo referir a muchas connotaciones que podemos dar a esa palabra, como adinerado, guapo, fuerte, listo, etc. Zaratustra tampoco era el puto amo (no todos podemos ser como el escritor de este blog). Así que nuestra dama de hielo se desentendió de nuestro Zara. Así. En seco.



Zara había sido el camello que soportó el peso de un amor que no le era recíproco, y soportó, y soportó. Al final se acabó pegando una hostia del copón como no podía ser de otra manera. Pero no hay mejor manera de aprender que a base de errores. Así Zara, indignado, se decidió a vivir por y para él, a promover únicamente su libertad por encima de las demás, y a nunca más aguantar la carga de nadie.

Fue en ese estado de león en el que Zara recibió una visita. No en un lugar determinado, tampoco en un momento concreto, una visita omnipresente. Un dragón de brillantes escamas le dirigió su contundente y ardiente voz para culparlo de su soledad. Un dragón llamado Sociedad le culpó de no seguir las tendencias normales y la corriente del río de la civilización. Zara no se amedrentó, pues su espíritu de león se lo impedía. Si su espíritu siguiese siendo el de un camello que aguanta el peso de los demás, seguramente se hubiese acojonado un poco, pero no era el caso. No obstante algo se le removió por dentro. El dragón tenía parte de razón.

Zaratustra entendió entonces que el ser humano necesita el amor para vivir, pero también entendió que no se puede ser libre si uno carga con el peso de las acciones de los demás. Fue entonces cuando Zara volvió a ser un niño y empezó su andadura de nuevo. Ya estaba preparado para iniciar una nueva relación con alguien a quien verdaderamente pudiese amar. Solo dependía de él, volver a ser un camello que soportase una carga innecesaria, ser un león que fuese repudiado por una sociedad intolerante, o encontrar un nivel por encima de esas categorías, rompiendo así el eterno retorno y el ciclo de la infelicidad.

Conclusión. Solo de él dependía ser un hombre, o un súper-hombre.

martes, 14 de febrero de 2017

Especial San Valentín: Poema al amor de verdad

Foto muy idónea para la poesía. Sí, sí. 

Oh el amor. Qué gran cosa.
Ya estés enamorado de un orco romero,
del más listo, del más puerco sincero
o incluso de la persona más hermosa.

Oh amor, qué gran cagarruta acontecimiento.
Siempre pensé que era muy bonito
pero un vendaval desvió el destino
de la flecha de cupido a un puto o puta un esperpento.

Oh amor, qué bonito es el amor.
Salvo si te regala una cebolleta,
una fregona, una plancha, una bayeta
o cualquier cosa menos una flor.

Oh amor, qué sorpresa y qué destino.
A mí realmente se me cae la baba
cuando veo como una relación acaba
por culpa de unas copas de más de vino.

Oh amor, qué inspiración tan repentina.
Se me acaban las palabras de una forma
que ni el más atolondrado soñador se imagina.

Oh amor, una palabra que muy bien suena.
Ojalá dedicásemos los mismos días al año
a cosas que verdaderamente valen la pena.


Omar Habbab - Oda al amor de verdad.