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domingo, 9 de septiembre de 2018

Se han cargado la sanidad



Toma título alarmista para empezar una entrada sobre algo que incumbe a todos como es la sanidad pública. Corran, corran, sálvese quien pueda. No quedará títere con cabeza.

La sanidad pública es un bien universal, aunque como bien de consumo, no es del todo público, en todo caso es un bien común. La diferencia está en que, si yo gozo de un servicio, de unos profesionales, de una maquinaria o de una habitación de hospital, esos bienes no podrán ser usados por otra persona en ese momento y lugar. Lo que debería ser para todos al final se convierte en un bien para aquellos que reúnen un tipo de características. En el caso de la sanidad, estas características vienen dadas por la necesidad del propio paciente en tanto que, si usted necesita ser atendido, será atendido en la brevedad que determine un cribaje previo que identifique la gravedad de su situación blablablá.


La cuestión es que en las últimas semanas hemos visto noticias de colectivos sanitarios catalanes que se quejaban del bajo sueldo que cobramos en general en la sanidad pública (entre los que me incluyo como profesional). Después de una época de crisis económica en la que se ha recortado todo menos el sueldo de los políticos (porque claro, son políticos y cómo les vas a recortar nada, si el futuro de la humanidad depende de ellos a por ellos Superman), resulta ser que la sanidad no ha recuperado aún, ni los recursos económicos que se le destinaba antes de la crisis, ni tampoco el personal que necesitaba y necesita, ni tampoco las condiciones laborales de estos. Somos trabajadores en cuyas manos está la vida de las personas, pero que cobramos una miseria que, teniendo en cuenta el ritmo de vida actual (alquiler, luz, agua, comida…), difícilmente nos da para vivir. Y esto es totalmente real y no estoy exagerando en absoluto.

En el lugar de trabajo donde ejerzo como profesional sanitario se ha convertido en tópico el hablar del salario y lo caro que está el alquiler. Somos muchos jóvenes que no tenemos ni para independizarnos de casa y se nos obliga a seguirnos formando de forma constante, con la dificultad que esto conlleva en un trabajo a jornada completa, lo cual dificulta aún más el vivir con un salario digno. Además, en la sanidad pública las posibilidades de acceder a un contrato indefinido son ínfimas, y dependiendo del lugar, para pedir acondicionar el horario laboral y poder estudiar un máster que pueda darte un pequeño empujón en la bolsa de trabajo, has de pedir un contrato a media jornada, y eso implica casi la mitad del sueldo al que podrías acceder.

En definitiva, la vida del profesional sanitario es terriblemente sacrificada. Me parece lo más normal del mundo que algunos colectivos sanitarios se quejen, y de hecho, me sorprende que sean tan pocos y que obtengan tan poca repercusión en los medios. Pareciera que pecamos de buenismo por el hecho de dedicarnos a cuidar de personas cuando en realidad, por ese mismo hecho, se debería dar más importancia a nuestras reclamaciones.


¿Y sabéis lo peor de todo esto? Existen profesionales sanitarios de más alto nivel que quizás no gozan de tantos estudios o formación como las nuevas generaciones que estamos subiendo, y que tienen un sueldo diez veces superior al nuestro (sin fliparnos en absoluto).

Para acabar, recalcaré un par de puntos. Primero, la calidad de la sanidad pública se mantiene pese a ser un bien común con recursos limitados y malas condiciones laborales para su personal, por el simple hecho que se nos exprime para dar buenos resultados, tener conocimientos y ser eficientes, es decir, la sanidad pública se mantiene gracias al personal. Un personal que, o cambia la situación, o empezará a buscarse las habichuelas en otros lugares de la península donde el salario no sea tan esmirriado y el precio de la vida sea inferior.

Y segundo, no señalo a culpable alguno, cada cual que piense lo que quiera. Esta es la realidad que vivimos los que nos dedicamos a cuidaros cuando vuestra salud os impide hacerlo vosotros mismos.

jueves, 9 de marzo de 2017

El sentido de la vida


El otro día salía la NASA anunciando que habían encontrado 7 planetas como la Tierra, en un sistema planetario cercano que iba a durar suficiente para esperar a que lleguemos. Que era probable que hubiese vida, o como mínimo, condiciones para la vida. Esta noticia la comentaba incluso mi madre al transportista que nos trajo una lavadora nueva la semana pasada. Sí, sí. "¿Dónde le dejo la lavadora? Oh, vaya, nuevo sistema planetario, sí, sí, siete planetas uf, usted le da al botón y ajusta las revoluciones, sí, sí, vida por ahí, ya ve, qué locura, el suavizante ahí".

Puntualizo que me parece lamentable dedicar tanto a algo que queda a una distancia bestial, para buscar vida en el universo, cuando no damos importancia a la que tenemos en la Tierra, y ya ni hablo de animales en peligro de extinción, me refiero a humanos como nosotros. En fin. La hipocresía del primer mundo. Ya hablaré más del tema cuando acabe de leer un libro que tengo a medias titulado "El hombre mojado no teme a la lluvia" que me está dejando de piedra.

Ahora os voy a contar una cosa, cambiando totalmente la dirección de la entrada, que nunca he contado a nadie, pero es cierta. De pequeño era mucho de mirar documentales, y eso llevó a que me cuestionase desde muy pronta edad cosas como el significado de la vida, cómo sería el mundo si yo no estuviese, o qué papel puede jugar una única persona en la historia del universo.

"Es el típico pensamiento que todos tenemos cuando nos levantamos por la mañana y fijamos la vista en un punto, nos empanamos, y lo acabamos lamentando cuando llegamos tarde".

Esto me lo planteaba con, quizás, 7 u 8 años, y desde entonces muchas cosas han pasado a lo largo de mi vida. Demasiadas incluso, a veces pienso que ojalá hubiese podido tener una vida normal y corriente.

Y aquí llego a la respuesta del significado de la vida. Sí, no la voy a guardar para el final, ni tampoco quiero crear un hype excesivo por algo que tampoco es que sea algo revolucionario. La respuesta a la pregunta es, que es irrelevante.

“¿Eso te parece una respuesta?”.

Nos pasamos años de nuestra vida, décadas incluso, dedicándonos a conseguir una faena estable, a estudiar, a discutir por dinero, y comprar cosas efímeras. Sexo, drogas, comida, juego… Buscamos constantemente excusas para abstraernos de la realidad, privándonos así de ver más allá del castillo de ilusiones que la sociedad y la cultura ha creado para que nos dediquemos a algo más que no sea ver qué somos.

Estamos horas, días, semanas, en Facebook, chateando, dando "me gusta" a cosas que no nos gustan, mirando fotos de Instagram y dando "me gusta" a fotos que nos importan un bledo, leyendo artículos de las redes que olvidamos en segundos, preocupándonos por quien nos ha dejado de seguir, quien nos ha borrado de "amigo" de Facebook, o quien nos ha bloqueado en Whatsapp. Pensamos en una vida que no es la nuestra porque la nuestra es demasiado fría, y podemos hablar con más gente a través del móvil que en la realidad de carne y huesos, porque también es más sencillo, y te ahorras ver la cara de tu interlocutor.

Nos acostumbramos a hablar por escrito, sonreír en las fotos de las redes sociales, contar lo bien que nos lo pasamos, y esperamos que la gente se alegre por ello. Y lo compartimos porque creemos que es normal, y necesitamos ese respaldo del resto del grupo para sentirnos integrados. Todo el mundo lo hace, claro, cómo no lo íbamos a hacer.

Te sientas en una mesa, entablas conversación con un desconocido y se creen que estás loco. Claro, supongo que porque en Facebook, Twitter, Instagram o Tinder también se hace, pero como no ves los ojos de tu interlocutor mientras le hablas, no estás invadiendo su zona de seguridad.

¿Es esto evolución, o involución? No parece que nos estemos adaptando a la realidad, más bien estamos creando una realidad que nos parece más bonita cuando la verdad es que estamos huyendo de nuestros problemas para concentrarnos en algo más sencillo. Hablamos entre nosotros sin tener que ver los gestos de los demás, los imperfectos rostros, los tic, los errores dialectales... Somos conscientes que no tenemos la otra persona delante y podemos hablar de lo que se nos antoje, pero cuando tenemos delante a alguien, la cosa cambia, tenemos un humano como nosotros. Una vida.

El significado de la vida es que todo eso es irrelevante. Estamos vivos y eso es lo que verdaderamente importa. Tenemos la posibilidad en nuestra mano de hacer cosas grandes, primero para nosotros, y luego para todos los demás. Para eso hay, primero que ser consciente de ello.

Podemos alcanzar aquello imposible, y hacerlo posible, que nos vean y piensen que tampoco era tan difícil, y así avanzar. Ser el primer paso para algo y a su vez un gran paso para la humanidad, o no, porque a quien demonios le importa la humanidad, pero siempre sin dejar de entender que es un primer paso vuestro más allá de lo que quieran los interesados.

La vida no es fruto de la casualidad, amigos, no seamos necios, la vida es fruto del esfuerzo por sobrevivir de unos microorganismos que se tuvieron que adaptar a los cambios que veían, que sufrieron mil y una piedras del camino hasta alcanzar el hecho de cuestionarse, qué somos y donde vamos. Eso es la vida. El resto es irrelevante.

Es irrelevante el dinero, porque sí, un rico es rico a base de explotar, y un pobre es pobre porque el mundo está mal repartido, pero nada de ello le da o quita al otro la posibilidad de hacer cosas grandes. Lo único que lo impide es la sociedad, la cultura, el egoísmo y la falta de visión más allá del cegador dinero.

Tenemos dos manos, un cerebro, y un corazón, y eso nos ha de bastar para lograr hacer de este un mundo mejor, tanto para nosotros, como para la gente que nos rodea, como para los que no nos rodean, pero ¿qué demonios es rodear en un mundo globalizado?

El sentido de la vida es que no tiene sentido de por sí. Tú le has de dar el sentido. Tú la haces grande, si quieres.

¿Pudo haber existido el universo sin vida? Por supuesto. ¿Pudo haber existido un universo sin ti? Por supuesto. ¿Pudo haber existido un universo en el que tu no estuvieses leyendo esto? Está claro.

“Entonces, ¿por qué estoy aquí leyendo esto?”.

Lo estás leyendo precisamente porque has creído conveniente leerlo, de igual modo que una bacteria pensó (bueno, ya me entendéis…) que era importante sobrevivir. Años después, años y años después, desastres naturales, muertes, desapariciones de especies, selecciones naturales, años y años después, aquí estás tú, leyendo que tu vida tiene el sentido que tú le quieras dar. Ese es el significado de la vida.

Hagas lo que hagas, le estarás dando un significado a tu vida, en un universo intrascendente ante lo que puedas hacer. Así pues, adelante y sin miedo.

Cuando uno conoce la importancia de su vida, pueden pasar dos cosas. La primera es que todo siga igual. La segunda es que quiera cambiar las cosas, y cuando uno quiere cambiar algo, acaba de hacer el primer paso para conseguirlo. 

jueves, 26 de enero de 2017

Ley de vida


Hay cierto momento en la vida en el que has de decidir si ser mayor, tener un trabajo, un coche, mujer e hijos, o SER EL PUTO AMO. A decir verdad, en la vida de todo joven, este momento puede repetirse muchas veces, y uno ha de decidir si tirar hacia una vida pragmática y segura, sencilla y sin complicaciones, o VIVIR AL PUTO LÍMITE PORQUE SOLO SE VIVE UNA VEZ Y A LA MIERDA CON TODO YO NACÍ PARA SER ALGUIEN.

Al final, a cierta edad lo más sencillo y práctico es ser pragmático, dejar un relevo generacional y completar el ciclo de la vida. Lo que pasa es que entre la infancia y la edad adulta (así llamaré al estadio pragmático de vida en el que necesitamos estabilidad en todos los ámbitos), hay como un abismo cuyo único puente es una cuerda floja. En esa cuerda, o avanzas, o retrocedes, pero si te quedas en medio, seguro que caerás. O eso pensamos.

Si algo nos enseñó Eddie Murphy en “Súper detective en Hollywood”, es que solo se vive una vez, y que más vale arriesgarse y equivocarse, que jamás intentarlo. De hecho, no, pero es una buena escusa para poner este temazo:

Además, según un estudio realizado en la universidad de Alabama, la mayoría de pacientes terminales no se arrepentían de sus errores en la vida, sino de no haber cometido más por miedo a equivocarse.

“¿Ese estudio dónde lo puedo encontrar? A ver, que yo lo vea.”.

CITO TEXTUALMENTE: "Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera".

Todos hemos oído aquello de “la vida es corta, disfrútala”, y acto seguido quien lo decía se bebía su cerveza mientras cada vez más, perdía la consciencia y la percepción de sus acciones, lo cual es más que contradictorio.

“A ver, esto está muy bien, pero no todo el mundo tiene la oportunidad de elegir”.

Esa es la típica escusa que nos ponemos a nosotros mismos para no arriesgarnos a tomar una decisión que nos puede dejar en la miseria más absoluta y suponer dar 20 pasos atrás, por solo conseguir dar uno delante. Y me parece lamentable.

De todas las personas que han triunfado en la vida, de todas aquellas que consiguieron grabar su nombre en letras de oro en la historia de la humanidad, ninguna de ellas lo hizo sin arriesgarse en cierto momento de su vida. ¿Por qué tener miedo? 

Ahí dejo la pregunta al aire. Creo que todos en cierto momento de nuestras vidas nos la hemos planteado, y algunas veces nos hemos equivocado al arriesgarnos, pero es muy fácil juzgar a alguien después de saber qué pasará. Lo difícil es arriesgarse sin saber el porvenir que nos espera y para eso sí hace falta valor.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Un 2016 de tontos


Uy, qué rápido ha pasado el 2016, eh. hahahahahah NO.


Con este título no pretendo mofarme de todas aquellas personas que se despiden del 2016, un número, una cifra. Sí, podría hacerlo, ¿pero no sería eso ensañarse con una parte desprotegida de la sociedad, un eslabón vulnerable de mentes inconscientes sin sentido que se dedican a dar un cuidado humano a una simple cifra? Pobres.

Este ha sido en muchos sentidos un año de éxitos que quizás no pueda volver a repetir, y otros que seguro que acabaré superando. Ahora os podría hacer nuevamente la lista de logros…


“Mira Omar, yo voy dejando ya de leer esto porque me huele que…”

Pero hoy no será ese día.

Hoy quiero traeros una reflexión sobre este último año. No será la típica reflexión que hace la gente en su Facebook para ganarse unos likes y subirse la autoestima. No. Esta va más allá del bien y del mal, y sin llegar al nivel sifilítico de Nietzsche.

Este año hemos podido decir todos muchas cosas, algunas de las que nos arrepentimos, otras de las que no. Hemos podido dejar atrás muchas personas, algunas a las que echaremos de menos, otras a las que no. Y sobre todo, hemos cerrado etapas de nuestra vida, algunas que recordaremos con nostalgia, otras que recordaremos con ira desenfrenada y cuya memoria nos perturbará a media noche, levantándonos sudados y empuñando el revolver que guardamos bajo la almohada desde que Jonny murió en aquel loco accidente con los mafiosos que no debió ocurrir si hubiésemos tenido los refuerzos necesarios no.

Pero si con algo nos hemos de quedar de este año, es con esos momentos de libertad que hemos tenido en ocasiones, olvidando nuestros quehaceres. Perdón, ¿he dicho “olvidando nuestros quehaceres”? Quise decir “dejando de lado”, porque algunas cosas, por más que quieras, no te las puedes quitar de la cabeza.

Creo, sinceramente, que cuanto más tiempo pasamos solos, pensando en lo que hemos hecho, tanto lo bien hecho como lo mal hecho, al final, aprendemos más de nosotros mismos y de nuestras reacciones ante determinados estímulos. Esto último es la base del estudio experimental que es la vida para nosotros mismos.

Mucha gente os puede vender la milonga que, para conocerse a uno mismo, hay que vaciar la mente, respirar hondo incienso, y porquerías varias para sacaros dinero.


“A ver, cuéntanos, oh gurú de la vida, ¿cómo nos podemos conocer a nosotros mismos?”.

Hoy es un buen día para hacer una lista de las cosas buenas y malas, de los aciertos y los errores, y de lo que nos arrepentimos de hacer, y de lo que no hemos hecho, mes por mes. Una vez hecho eso, además de ejercitar de forma magnífica la memoria, podemos descubrir quien somos realmente a partir del comportamiento que hemos tenido durante el año. Uno puede que, ante determinadas situaciones, actúe de un modo u otro, pero en global, es imposible no comprender quien somos.

Por mi parte, veo que soy un tío obcecado, iluso, infantil, y malvado. Pero además también respeto las demás opiniones, me gusta hacer reír, y me gusta compartir la felicidad.

Este año ha estado lleno de cagadas monumentales, pero también he de reconocer que he tenido una suerte impresionante en muchas ocasiones, y en eso también influye el interés que dedicas a las cosas.

Cosas que he aprendido del 2017:

- Todos somos humanos, seas rico, pobre, tengas 8 carreras, o solo la ESO, todos podemos tener buenas ideas, y es preciso saber poner las diferencias a un lado para escuchar a los demás como iguales que somos.

- Las cosas mejor decirlas a la cara, de forma directa y cuanto antes posible. Si la cagas, te ahorras tiempo y angustias, si no la cagas, aprovechas más el tiempo. 

- Por mucho que te esfuerces en las cosas, a veces no hay esfuerzo que valga, y puede que ni valga el esfuerzo. Pero eso es algo que no sabrás hasta que lo hayas intentado porque el futuro no lo sabemos (a no ser que seas Sandro Rey y te dediques a estafar octogenarias por TV).

- Cuando pareces tonto, la gente se sorprende de que despuntes en algo. Cuando saben que no eres tonto pero lo parece, te intentan dar lecciones para poder compartir tu éxito. Cuando no creen que seas tonto ni que lo parezcas, trabajarán contigo de igual a igual y el éxito será realmente compartido. 

Porque si algo me ha enseñado el 2016 es que, cuando empiezas algo diferente al resto de cosas que se han hecho, te llaman loco, y muy amablemente te invitan a dejarlo estar y a centrarte en algo más productivo y pragmático que te de de comer mañana. Como si mañana solo nos dedicásemos a comer y nuestros sueños, esperanza y emociones no fuesen más que una capa de pintura de nuestra vida.

Cuando has empezado y te faltan muchas horas de trabajo, te observarán y pensarán que no lo lograrás, que ya has llegado muy lejos, y que si fuese tan fácil, otra persona lo habría hecho.

Y en el momento de acabar, es cuando te dicen el típico "ya lo sabía que lo lograrías", "suerte que seguiste mis consejos" o "sabes que sin mí no lo hubieses logrado".  Pero eso ya dará igual, porque lo habréis logrado.


A todo esto, solo os puedo aconsejar dos cosas para el 2017.

La primera, cagadla sin miedo, y cuando la caguéis, no os vengáis abajo.

La segunda, quered a quien quiera ser querido, y a quien no os quiera, no le queráis.


¡Y A TOPE CON EL 2017!

PD: Y a todo esto Omar, ¿de verdad no cambiarías nada de este año?

Sinceramente, querida cursiva, no cambiaría ni un ápice. No me arrepiento de nada.

jueves, 24 de noviembre de 2016

¿Qué es la felicidad?


Decía Béquer, “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú”.

Pues lo siento Gustavo, pero no hablaré de lo que es la poesía, porque precisamente es un término ya acuñado en el diccionario, y este blog es más de prosa.

Gustavo Adolfo Bécquer: “¡Maldito seas Omar, he pactado con el diablo la venta de mi alma por tal de viajar en el tiempo y saber qué opina alguien de tu calibre, sobre mi poesía!”

Sorry Gus.

Hoy voy a explicar de forma larga y extensa lo que es la felicidad. Y me he documentado mirando una película como “En busca de la felicidad” o “El Padrino” (sé que muchos pensaréis que ver El Padrino no es documentarse para hablar de la felicidad. La verdad es que, si uno ve la cara de Michael después de suceder a su padre, y matar a cierta persona, en cierto coche, con cierto estrangulamiento, se entiende todo a la perfección).

Ser feliz significa hacer algo.

Y hasta aquí el blo…

“Espera, espera, ¿ya?”.

Bueno, no creo que haga falta decir demasiado más para explicar lo que es la felicidad. Felicidad es querer y sentirse correspondido, trabajar y sentirse realizado, o incluso se puede ser feliz con simplemente una cena de familia de esas que nunca sabes cuándo va a ser la última en la que os reunáis todos y por tanto decides disfrutarla al máximo.

En definitiva, uno no puede ser feliz si no hace nada o hace lo mismo de siempre. Por eso hay gente a la que ir a trabajar le hace feliz, otra que necesita vacaciones y viajar para ser feliz, otra a la que estar en casa tranquilo, después de un día ajetreado le hace feliz… La concepción de felicidad depende de cada persona. 

A Will Smith en “En busca de la felicidad”, le hacía feliz entrar en una empresa y trabajar siendo explotado probablemente, por unos jefes autoritarios, pero consiguiendo así suficiente dinero para mantener a su hijo en unas condiciones estables. Pero para su hijo, igual que para la mayoría de niños, la felicidad es jugar. A las parejas de adolescentes les hace feliz estar con su pareja, y les da igual el resto de mundo (lo cual es bastante poco racional, pero cada uno con sus trastornos de conducta, no voy a juzgar a nadie).

Ahora bien, ¿la felicidad tiene algún tipo de sentido evolutivo que nos haga pensar que ha sido concebida para mantenernos con vida? Obviamente la infelicidad no parece la mejor manera para vivir lo suficiente para reproducirse. Aun así, pensar que Bambí no se consiguió reproducir porque vivía en un estado permanente de depresión ante el trauma de ver a su madre morir asesinada delante de él, tampoco parece muy de sentido común.

Con esta última referencia grandilocuente (me referiero a Bambi), quiero decir que, la felicidad, pese a ser importante para nosotros, no la incluye como uno de los instintos básicos de los seres vivos, como son el reproductivo, o el de supervivencia. Esto está claro a no ser que sufras alguna patología psíquica que te induzca, por ejemplo, a tener tendencias suicidas, o a la promiscuidad sin control.

"O así sería si no fuese porque la sociedad en la que vivimos nos vende un modelo de felicidad irrealizable que nos obliga a ser infelices por siempre dado que todo acaba siendo artificial y de eso no nos damos cuenta hasta que comprendemos el verdadero valor de las cosas que nos rodea, y entendemos qué sería del mundo si nosotros no estuviésemos en él".

¿Y vosotros qué opináis? ¿Qué es la felicidad para vosotros? Comentad lo que os hace felices, si queréis, que os leeré con mucho gusto.

La semana que viene resulta que el jueves coincide con el día mundial del Sida, y mi cumpleaños (no sé por qué siempre acaban coincidiendo estas dos fechas), así que miraré de hacer algún blog especial de esos que marcan un antes y un después en la historia de la humanidad, como cuando Amstrong pisó la luna, Einstein publicó la teoría de la relatividad, o John Cobra se agitó el paquete en televisión.

jueves, 13 de octubre de 2016

Internet, el pecado original

(Pido al lector o lectora, a ser posible, abrir este enlace y escuchar la música mientras se lee el artículo https://www.youtube.com/watch?v=VbxgYlcNxE8 )


Los siete pecados capitales fueron creados para que la gente siguiese una serie de normas que nos ayudasen a todos a convivir en cierta armonía. La vida nos iba a dar por culo a todos por igual, pero la igualdad no es siempre justa. Quitar 100 euros a un rico no es como quitárselos a un pobre.

El pecado de la soberbia es conocido como el pecado original según algunas religiones, y es el peor de todos ellos, el que cometió Lucifer o Shaitán al pensar que podía aspirar a algo más de lo que en realidad era capaz. Un ser ambicioso que algunas religiones lo conciben como un ángel caído, y otras como un genio en el sentido malo de la palabra. Pese a esta pequeña diferencia, en todas las religiones monoteístas, el pecado de la soberbia es común, y relacionado con este ser que quiso ser igual a dios. Como cuando se dice que Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento, pudiéndose conformar con el de la vida, y cometieron así también el pecado original.



“Agradezco esta magnífica clase de teología y moral, pero ¿qué demonios tiene que ver esto con la entrada?”.

Las religiones fueron creadas en su base, a partir de una idea primaria del hombre como es la existencia de dios. Hoy en día una persona puede ser atea o agnóstica pero el concepto de “dios” cada uno lo conoce porque socialmente está inculcado en nuestras diversas culturas, y así ha sido siempre. A partir de esa idea y para mejorar la convivencia, se crearon los valores morales y religiosos en los que se basa nuestra sociedad.

Ahora bien, y volviendo al tema principal. El pecado de la soberbia, el motivo por el cual una persona ha de ser modesta no solo en público y de cara a los demás, sino también en su forma de pensar y actuar. Ese pecado gracias al cual todos somos iguales y tenemos la concepción que gozamos de las mismas oportunidades pues como humanos somos indistintos entre nosotros.

Falso.

La desigualdad es obvia en una sociedad como la nuestra, e incluso remontándonos años atrás, veíamos como los que promulgaban los principios morales, eran los que más poder tenían. No eran iguales y pese a eso daban lecciones a los demás. Como ahora los políticos, como ahora las clases burguesas, como ahora los hijos de buenas familias que deciden ir de pobres para dar lecciones a los que realmente son pobres.

“Aquí una canción de “Sons of Aguirre” quedaría realmente bien”.

Pero no desesperemos, la historia de la humanidad ha estado siempre regida por autoridades que han ejercido su poder para inclemencia del pobre, para subyugarnos en sus valores morales y nunca llegar a ser iguales a ellos. A esos el pecado original no se les aplica, pues ellos sí son mejores que nosotros. A ellos simplemente se les puede suplicar clemencia y dar gracias por respirar los humos de sus producciones industriales.

Decía Voltaire que todos los hombres son iguales entre ellos, y la única diferencia entre ellos no está en su nacimiento, sino en su virtud. Voltaire era un burgués que exaltó a las clases pobres con el pecado original para que estas se revelasen contra la nobleza, y conseguir que la burguesía lograse el poder, final obvio de la tan vanagloriada Revolución Francesa. Murieron muchos pobres, carnaza simple para una Revolución Francesa que suscita muchas alabanzas.

Pero algo ha pasado en medio de esta hecatombe histórica. Una mota de luz se abrió paso en el túnel que barra el paso entre los pobres y la libertad de un mundo desigual. La era de la comunicación nos da el mismo acceso a ricos y pobres a la información. Y eso es lo que temen algunos, que tratan de poner trabas a una red que no diferencia de manos desnudas sucias o nobles y limpias, a la hora de teclear, mal que le pese a algunos.

Ciertamente cada vez hay más maneras de monitorizar a las masas a través de internet, pero no deja de ser verdad que no existe método alguno para controlar millones de personas, ni en las calles, ni delante de una pantalla de ordenador.

¿Es internet el pecado original del que tanto han huido nobles, religiosos y burgueses? Puede ser. Lo que está claro es que la igualdad en internet es patente, y más allá de él, algún día puede que lo llegue a ser en las calles.

"Pero los pobres no tienen acceso a internet".



jueves, 31 de marzo de 2016

¿Por qué vale la pena?


Ahora mismo que estoy escribiendo esto son las 10 de la noche y lo que me pide el cuerpo es estirarme en la cama a dormir. Me he pasado todo el día haciendo cosas que debía hacer y por las cuales sé ciertamente que vale la pena luchar. He dado todo lo que he podido para lograrlo, y para lograrlo todo, y no solo gastar todo el esfuerzo en algo para abandonar otras cosas que a mi entender valen la pena también.

“Bueno, va, cuéntame algo que me interese”.

Todos hemos tenido la sensación de haber tenido un día muy largo y hemos percibido la necesidad del cuerpo de descansar. Pero al estirarnos en la cama en ocasiones acabamos leyendo o mirando el móvil cuando podríamos estar haciendo otras cosas para mejorar nuestro día a día.  Os propongo algo (sin erótico resultado).

Pensad cada noche que os tumbéis a dormir, si lo que habéis hecho ese día ha valido la pena. Pensad si repetiríais todos y cada uno de los gestos, frases y acciones, si tomaríais las mismas decisiones y si cargaríais con el peso de las responsabilidades que habéis asumido.

Pensad también en por qué habéis elegido lo que habéis elegido, y si creéis que quizás había otras opciones. Recordad los momentos que os han angustiado y si quizás era tan angustiante como en realidad lo habéis percibido en ese momento.

Luego meditad sobre los objetivos a largo término que tenéis y si lo que vais a hacer mañana es más de lo mismo. Si mañana va a valer la pena, o si vais a introducir cambios a partir de lo que habéis aprendido hoy.

Y, por último. Pensad el por qué vale la pena lo que hacéis.

“Ya está idealizando las vidas de la gente el irresponsable este…”.

Muchas veces cuando indagas en las causas que lleva a la gente a tomar la decisión de estudiar algo o trabajar de algo, acabas descubriendo que lo que realmente sueñan, sus ambiciones y sus metas no tienen nada que ver con lo que hacen en su día a día. Están centrando sus esfuerzos diarios en hacer algo sin saber por qué lo hacen.

Ojo, no digo que solo se pueda trabajar de lo que has soñado siempre. No pretendo que ahora la gente que trabaja de reponedora en el supermercado empiece a dejar sus empleos para iniciar sus carreras de futbolistas o diseñador de moda. No quisiera que el señor Mercadona o la señora Lidl me viniesen a buscar a casa para culparme de su incapacidad para encontrar mano de obra barata.

En la vida hay que tener muy claros los objetivos por los cuales nos movemos y debemos tener unas metas bien definidas. Si no, somos como un barco sin rumbo que simplemente de deja llevar por el viento, es decir, acabamos trabajando en algo que no nos gusta por un motivo que ya hemos olvidado.
 
Una vez hice un taller de autoconocimiento y al margen de las amistades que saqué de ahí, solo me dejó una cosa muy clara y no era precisamente lo que enseñaba la persona que lo dirigía.


Aunque te digan que no te conoces, si sabes qué quieres y por qué lo quieres, ya sabes quien eres. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El destino y cuándo Dios te guiña el ojo

¡Hola! ¿Qué tal? ¿Todo bien? Yo genial, gracias.

Hoy hablaré de cosas no relacionadas con la política, e intentaré filosofar sobre las reglas universales, la suerte, etc. Este tema es algo que siempre ha rondado en mi cabeza y nunca he contado todo lo que he experimentado con ello pese a que podría explicar muchas cosas. Quizás alguna vez he explicado algo a algún ente de sexo femenino en pleno cortejo con mal final, pero vamos, como el que habla con las paredes.

Menudo loser LOL OMG LMFAO”.

El caso es que no creo en un destino predeterminado, pero no puedo evitar sentirme afortunado con mi vida, y suelo relacionar mis logros con la casualidad y la suerte. No es que me infravalore, pero he vivido ciertas experiencias tan raras que te planteas si tantas casualidades en una misma vida son posibles (lo estoy releyendo y suena raro de cojones).

Un ejemplo es haber entrado en la carrera de enfermería con la nota de corte de la promoción (es decir, la nota mínima que se pidió), después de decidir que quizás no era lo mío, y habiendo pasado un año sabático tras no haber entrado al primer intento. Otro ejemplo es no haber repetido nunca una asignatura pese a haberme presentado a más de 20 recuperaciones en toda mi vida. Otro ejemplo es que cambien los parámetros del examen por una incidencia aliena a mí, y acabar aprobando por la mínima gracias a ello y de forma totalmente rocambolesca. O como la vez que fui escogido "hereu" de la UdG (un concurso de popularidad por así decirlo) por un punto de las bases del concurso. O la vez que...

"VALE, VALE, CREO QUE HA QUEDADO CLARO, ERES UN TÍO CON SUERTE".

Mi vida está totalmente llena de casualidades de ese tipo y a veces son tan raras que me asusto. Seguramente alguien que me conozca y esté leyendo esto, igual ha vivido alguna experiencia casual de estas que me pasan.

Muchas veces me he planteado que a todo el mundo le pasan cosas de este calibre, y tan frecuentemente como a mí. Y no. Se ve que soy muy suertudo, hay algún ente sobrenatural controlando mis acciones, un genio maligno tiene un plan para mí, o igual soy un gilipollas que presta demasiada atención a las casualidades.

Yo apuesto por la última opción”.

El caso es que, la misma chica a quien se lo comenté, me dijo que no habían casualidades y que lo que conseguía era por méritos propios. Supongo que es la típica frase que dice alguien que no cree en las casualidades y que todo lo que consigue lo hace con esfuerzo y sacrificio. Algo así como estar contento porque te ha tocado la lotería, pero pensar que te lo mereces por haber invertido 20 euros.

Contada toda la historia, os voy a explicar mi versión. Una vez mi padre me contó que en esta vida hay que ser positivo para que las cosas vayan bien, y no lo entendí hasta que lo medité con profundidad. Se refería al positivismo. El hecho de ver las cosas positivas por encima de las negativas, prestar atención a las cosas buenas por encima de las malas y pensar que todo lo malo puede mejorar y que somos afortunados. Esa es la clave para que las cosas vayan bien.

Pensadlo. ¿Quién es más feliz, alguien que piensa que todo le va a ir mal y que se merece lo que tiene porque se lo ha ganado con mucho esfuerzo, o alguien que cree que todo irá bien y que más que esforzarse y sacrificarse, lo suyo es divertirse con lo que se hace y que pase a ser un buen recuerdo?

En definitiva. No estamos predestinados. No hay nadie tocado con una varita ni guiado por los ángeles. Solo hay diferentes realidades y formas de mirar nuestras propias vidas. Recordad que la realidad es relativa y que nuestras mejores memorias se crean a base de emociones positivas. Suena muy metafísico, pero es más bien algo psicológico. Aunque tu vida sea basura para ti, será impresionante para otra persona en la otra punta del mundo, y eso ya de por sí es motivo suficiente para no despreciar los detalles increiblemente casuales de nuestra vida y sentirnos afortunados por ello.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Un día nuevo, una historia nueva.

Hay días en los que mejor no levantarse de la cama. Por otro lado hay días en los que parece que somos capaces de convertir en oro todo lo que tocamos. La cuestión es, ¿cómo podemos ser capaces de saber qué día será de una manera y qué día será de otra? La respuesta es sencilla e imagino que todos la conocéis. No hay manera de saberlo. De hecho esa es la gracia de vivir. Esa incógnita de no saber qué va a pasar. El principio de incertidumbre es lo que da emoción a la física cuántica. 

De pequeño me preguntaba por qué no me podían pasar todas las cosas buenas que les pasaban a los niños en la tele. Imaginaba que la vida del resto de niños era fan molona como la de los críos de las series, y que no era muy afortunado en según que cosas, pero que por otro lado, tener unos padres que te quieran y un plato caliente en la mesa no es algo que tuviese todo el mundo. De pequeño me pregunté muchas veces el por qué de estas diferencias entre lo que se ve en los medios y la realidad.

Ya de mayor veo que la sociedad, estando polarizada entre ricos y pobres, siempre tiende a confundir quién está en un polo y quién en el otro, porque nos gusta mucho ostentar poder y aparentar ser felices pese a que no lo seamos. Algo así pasa en las series de televisión, donde se magnifica la vida de la gente con problemas comunes y banales con solución. En cambio, en ocasiones en la vida no hay solución a nuestros problemas, y si educamos a nuestros hijos con una utopía televisiva de sociedad, no los preparamos precisamente para afrontar los problemas del día a día.

Pero volvamos al tema principal. Hay días en los que todo va de lujo,  y otros en los que solo falta que llueva, te pille sin paraguas y andando dirección al trabajo o a la escuela. Y un mal día no ha de hacernos infelices. Todos tenemos malos días, y todos tenemos baches en la vida. Unos más graves que otros, a unos les damos más importancia que a otros. El caso es que, si no somos capaces de entender que un día malo no existe más que en nuestra mente, y que los días buenos o malos no existen, no seremos nunca felices y nuestra felicidad se verá reducida a una realidad falaz sujeta a una versión del mundo ficticia.

Aunque las cosas te vayan mal, no es motivo para dejar de hacer las cosas que haces. Al revés. Es el momento para seguir con ello y mejorar para que todo vaya mejor.

Un día en la cama es un día perdido.


Un día malo es un día que has aprendido.

No aprender de un día malo es de fracasados.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tutorial: Cómo madurar sin ser una fruta.


Una vez me dijo una persona (de sexo femenino (creo)) que soy inmaduro y que mi comportamiento es el de un crío. Yo le di la razón. Y se la volvería a dar. La gente inmadura suele llamar a los otros como tal para sentirse superiores a ellos. Es como el feo que llama “feos” a los demás para no odiarse al mirarse al espejo.

No me considero una persona madura porque sería demasiado prepotente por mi parte. Además aún me quedan muchas cosas por vivir, y no quisiera creerme ya el rey del Universo, aunque también os digo que con 22 años que tengo, he vivido quizás demasiadas experiencias ya, pero no me quejo. Cuando era pequeño nunca me dijeron que la vida fuese a ser todo un campo de rosas.

Madurar es una cosa bastante subjetiva. ¿Cómo cuantificamos la madurez de alguien? La gente suele pensar que si te comportas de forma aburrida y no te diviertes ni haces bromas nunca, eres maduro porqué eres una persona seria, e incluso se dice que las personas mayores son maduras porqué claro, han vivido muchas experiencias que les han curtido en la vida. Curtir. Eso es lo que de hace con las pieles de animales para prepararlas para ponérselas de atuendo. Como curtir un cinturón con piel de vaca, por ejemplo (no hace falta que vayamos al topicazo de cocodrilos y serpientes).

Así pues, una persona madura es alguien con experiencia que sabe que hacer siempre porque ha vivido mucho. Lo cual no implica que sea más o menos gracioso, tenga más o menos sentido del humor, tenga más o menos afición por las bromas, no sepa más o menos sobre literatura, filosofía o ciencias. Entonces, ¿por qué etiquetamos a alguien de maduro y a otra gente no, si no somos capaces de saber lo que ha vivido esa persona, ni el motivo por el cual actúa de ese modo? ¿Somos dioses omniscientes que tenemos total clarividencia para saber el algoritmo que lleva a un ser humano a actuar de un modo u otro a determinados estímulos?

Hay ocasiones en las que la vida nos pone en jaque, y algunas personas saben reaccionar y otras no. Otras veces, la vida nos pone retos, y mientras que muchos se centran en otros objetivos minoritarios, la gente realmente inteligente es capaz de ver qué es lo realmente importante, y conseguir su propósito, haciendo que a los demás les parezca fácil cuando no lo es para nada. Sin ir más lejos, yo he intentado hacer muchas cosas porque he visto a otras personas haciéndolo, y obteniendo yo un peor resultado. Incluso hay momentos en los que es tan crítica la situación que no es cosa del individuo el reaccionar o no ante esa prueba del destino (llamémosle así, que suena muy romántico), sino más bien es el propio cerebro del individuo que se bloquea. Es entonces cuando diferenciamos una persona madura de alguien que no lo es tanto.

“Discrepo, no por vivir ciertas situaciones, eres más maduro. Hay cosas que bloquean a unos y otras que bloquean a otros. Es muy general esa definición de madurez, Omar. Retírala o me veré obligado a dar a dislike a tu post”.

Ciertamente, vivir según qué cosas no te hace maduro. Es el hecho de comprender por qué suceden y aceptarlas como una parte más de la vida, o intentar mejorar para el futuro, que te hacen madurar. Vivir por vivir no está bien. Vivir y reflexionar es la salsa de ser Homo Sapiens. Y esto lo podemos aplicar a todo. Exámenes suspendidos, fracasos académicos, despidos, fallecimientos, accidentes, peleas, discusiones, debates, etc.

De hecho es el saber entender tus vivencias, aprender de ellas, aplicar lo que has aprendido, y saber disfrutar de lo que te queda, lo que creo que te hace maduro. Un cascarrabias no es maduro y un irreflexivo tampoco.

A mi entender, es la persona que ha vivido algo, y ha reflexionado sobre esa experiencia para adaptarse a ella, la que ha madurado de verdad. No creo que saber más o menos sobre series de o música, te haga más o menos maduro, y la gente que dice lo contrario, demuestra ser inmadura. Disfrutar de la vida no te hace tampoco inmaduro. Igual hacerlo en exceso sin pensar en las consecuencias, sí.

En definitiva, maduro no es al que los demás consideran como tal, sino el que no necesita que le consideren para seguir contento con su forma de ser.

Como el feo que llama a los demás “feos” para sentirse menos feo.

domingo, 30 de agosto de 2015

El éxito, el fracaso y la ambición

Como ya he dicho en otras entradas, he acabado la carrera de enfermería. Una carrera de la que mucha gente subestima su dificultad. Lo cierto es que no es difícil si se te da bien, ergo será difícil si no se te da bien.
En mi caso se me ha dado bien, y no me ha sido difícil (normalmente). Aun así, hoy vengo a hablar (tal y como dice el título) del éxito, el fracaso y la ambición. Tres palabras que están muy relacionadas entre sí.
“Bueno. Relacionadas no. El éxito es lo contrario al fracaso”.
Anda, anda, lector troll. Eso que dices no es cierto para nada. Si llegas al éxito sin fracasar, igual no estabas siendo demasiado ambicioso. Si eres muy ambicioso, para llegar al éxito, deberás fracasar mucho y mucho.
Antes de andar, has de caer muchas veces, de igual manera que antes de aprender a ir en bici, te tienes que caer y hacer las típicas heridas de las rodillas que todos los patosos nos hemos hecho de pequeños. Antes de aprender a nadar, has tenido que tragar litros de agua. Antes que ligar con alguien, has tenido que quedar como un idiota con tantas otras personas.
Así es la vida (con sus matices, obviamente). No se trata de salir y besar el santo. No nacemos sabiendo hacer las cosas (pese a que mucha gente piense que venimos programados para saberlas hacer).
De igual manera que para morir hay que vivir antes, para alcanzar el éxito en algo, hay que fracasar. Esa es la relación que se establece entre el éxito y el fracaso.
“Vale, vale, ya me ha quedado claro. Entonces, ¿cuándo se supone que llega el éxito entre tanto fracaso?”.
No importa el cuándo.
“Pero eso no tiene sentido. Claro que importa el cuándo. La vida no es eterna”.
Querido lector. No importa el cuándo, no importa el donde, ni tan siquiera importa el por qué.Solo importa una cosa. Tu ambición. De ella depende el número de veces que estés dispuesto a fracasar antes de conseguir el éxito.
Si eres ambicioso, tampoco importará el número de veces que fracases. Al final llegará el éxito y con él, la felicidad por lo logrado, con esfuerzo y muchos sacrificios.
Si no eres lo suficientemente ambicioso, lo mejor que puedes hacer es ponerte metas menores. Una meta demasiado lejana solo te creará frustraciones, pues tu ambición no será suficientemente grande como para soportar los fracasos previos a lograr tu éxito. Creo que esto no tiene nada de malo. Si eres capaz de aceptar tus límites, entenderás cuál es tu nivel de ambición, y entonces serás capaz de estableces una meta asequible, la alcanzarás y serás feliz.
Luego estamos los ciegos, entre los que me incluyo. Tenemos demasiada ambición y no somos capaces de ver nuestros límites. Y fracasamos. Y volvemos a fracasar. Y fracasamos, fracasamos, y fracasamos. Y aun volvemos a fracasar. Y así una vez, y otra. Pero estamos ciegos, no vemos la pared que se alza sobre nosotros cuando pegamos cabezazos contra ella buscando ese mágico momento en el que llegar a la meta y ser felices. Hasta que un día la derrumbemos de tantos cabezazos y lleguemos a la meta. Puede que no fuese la manera más ortodoxa, y que lleguemos con heridas, pero llegamos. O eso creemos. 
“Pero, ¿y luego? ¿Qué pasa cuando llegas a la meta y eres feliz?”.
Ahí reside la clave, amigos. La cuestión es que no hay meta. Después de alcanzar el objetivo fijado, hay otro objetivo más allá. En eso consiste la vida. En dar un paso más, en no estancarse, en ser ambicioso y en saber que el fracaso es la clave del éxito. No hay un universo perfecto, sino que la belleza del universo reside en su imperfección. No se es feliz al alcanzar el objetivo, si no al andar hacia él. La verdadera clave de la felicidad es disfrutar de los fracasos.


PD: Cuando empecé la carrera, jamás creí que la acabaría a los cuatro años, pues hice un año sabático antes y eso siempre dicen que te oxida la mente si no la ejercitas. Ahora la acabo, con unas buenas notas, y sin futuro laboral. Creo que me merezco unas buenas vacaciones.