miércoles, 25 de noviembre de 2015

El destino y cuándo Dios te guiña el ojo

¡Hola! ¿Qué tal? ¿Todo bien? Yo genial, gracias.

Hoy hablaré de cosas no relacionadas con la política, e intentaré filosofar sobre las reglas universales, la suerte, etc. Este tema es algo que siempre ha rondado en mi cabeza y nunca he contado todo lo que he experimentado con ello pese a que podría explicar muchas cosas. Quizás alguna vez he explicado algo a algún ente de sexo femenino en pleno cortejo con mal final, pero vamos, como el que habla con las paredes.

Menudo loser LOL OMG LMFAO”.

El caso es que no creo en un destino predeterminado, pero no puedo evitar sentirme afortunado con mi vida, y suelo relacionar mis logros con la casualidad y la suerte. No es que me infravalore, pero he vivido ciertas experiencias tan raras que te planteas si tantas casualidades en una misma vida son posibles (lo estoy releyendo y suena raro de cojones).

Un ejemplo es haber entrado en la carrera de enfermería con la nota de corte de la promoción (es decir, la nota mínima que se pidió), después de decidir que quizás no era lo mío, y habiendo pasado un año sabático tras no haber entrado al primer intento. Otro ejemplo es no haber repetido nunca una asignatura pese a haberme presentado a más de 20 recuperaciones en toda mi vida. Otro ejemplo es que cambien los parámetros del examen por una incidencia aliena a mí, y acabar aprobando por la mínima gracias a ello y de forma totalmente rocambolesca. O como la vez que fui escogido "hereu" de la UdG (un concurso de popularidad por así decirlo) por un punto de las bases del concurso. O la vez que...

"VALE, VALE, CREO QUE HA QUEDADO CLARO, ERES UN TÍO CON SUERTE".

Mi vida está totalmente llena de casualidades de ese tipo y a veces son tan raras que me asusto. Seguramente alguien que me conozca y esté leyendo esto, igual ha vivido alguna experiencia casual de estas que me pasan.

Muchas veces me he planteado que a todo el mundo le pasan cosas de este calibre, y tan frecuentemente como a mí. Y no. Se ve que soy muy suertudo, hay algún ente sobrenatural controlando mis acciones, un genio maligno tiene un plan para mí, o igual soy un gilipollas que presta demasiada atención a las casualidades.

Yo apuesto por la última opción”.

El caso es que, la misma chica a quien se lo comenté, me dijo que no habían casualidades y que lo que conseguía era por méritos propios. Supongo que es la típica frase que dice alguien que no cree en las casualidades y que todo lo que consigue lo hace con esfuerzo y sacrificio. Algo así como estar contento porque te ha tocado la lotería, pero pensar que te lo mereces por haber invertido 20 euros.

Contada toda la historia, os voy a explicar mi versión. Una vez mi padre me contó que en esta vida hay que ser positivo para que las cosas vayan bien, y no lo entendí hasta que lo medité con profundidad. Se refería al positivismo. El hecho de ver las cosas positivas por encima de las negativas, prestar atención a las cosas buenas por encima de las malas y pensar que todo lo malo puede mejorar y que somos afortunados. Esa es la clave para que las cosas vayan bien.

Pensadlo. ¿Quién es más feliz, alguien que piensa que todo le va a ir mal y que se merece lo que tiene porque se lo ha ganado con mucho esfuerzo, o alguien que cree que todo irá bien y que más que esforzarse y sacrificarse, lo suyo es divertirse con lo que se hace y que pase a ser un buen recuerdo?

En definitiva. No estamos predestinados. No hay nadie tocado con una varita ni guiado por los ángeles. Solo hay diferentes realidades y formas de mirar nuestras propias vidas. Recordad que la realidad es relativa y que nuestras mejores memorias se crean a base de emociones positivas. Suena muy metafísico, pero es más bien algo psicológico. Aunque tu vida sea basura para ti, será impresionante para otra persona en la otra punta del mundo, y eso ya de por sí es motivo suficiente para no despreciar los detalles increiblemente casuales de nuestra vida y sentirnos afortunados por ello.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Alí Babá, el ISIS y la indiferencia occidental IV

En anteriores episodios…

Os he contado ya la historia del conflicto en Siria y Oriente Próximo, os he explicado las causas de la creación del ISIS e incluso os he susurrado antes que nadie quién era el mecenas del ahora llamado DAESH (va por modas esto).

Ante los atentados de París y la situación de alarma que vive ahora Europa, en la que muchos ciudadanos, sean de la cultura o religión que sean, viven con temor de ser la próxima víctima del ISIS, me veo en la obligación de explicaros cómo ha avanzado la cosa. Ya sabéis que yo me basaré en hemeroteca, y que si alguien quiere otro tipo de noticias, para eso tenemos a JL en YouTube, que seguro habrá encontrado alguna relación entre los reptilianos y el ISIS.

Volviendo al tema, nadie habla del drama sirio si no hay un atentado en occidente, o como mínimo la prensa lo ignora de forma escandalosa, superponiendo el peinado de Ramos a las muertes de civiles (seres humanos como el que escribe esto o tú que lo lees) día a día, en la otra costa del mismo Mediterráneo donde muchos veraneamos.


Hago una puntualización. Cuando digo “dividido entre los partidarios” me refiero a que unos pocos tienen el poder, y los otros bajan la cabeza, dicen “sí” a todo, y si no es así, acaban con su vida, sueños, aspiraciones, rutina, estudios, esfuerzos, etc. de un balazo. Todo esto se acaba cuando matan un joven francés en la discoteca “Bataclan”, o cuando matan a un joven sirio mientras va a comprar la ración de pan que sustentará a su familia toda la semana las pocas horas al día que no hay fuego cruzado en las calles.

A nosotros, occidentales, nos molesta que los chicos franceses cometan atentados aquí, cunde el pánico unos días y mucha gente piensa “estos moros son todos unos violentos asesinos”, pero imaginad qué deben pensar ahí cuando un francés va a su país a matarlos. Igual piensan “estos franceses son todos unos violentos asesinos”.

Entonces, ¿somos iguales?

Volvamos a la guerra. Se plantean muchas maneras de enfocar ahora el conflicto. En Francia, los Reyes (presidente, primer ministro, etc. que tienen un poder absolutista ahora mismo en estado de excepción), hablan ya de guerra abierta (curiosamente cuando ya llevan meses bombardeando Siria). Además, este viernes se celebra una cumbre de ministros de interior para abordar el tema y ver si se va a cambiar el tipo de actuación en Siria.

Tres posibilidades se abren ante los políticos (y digo políticos porqué a la población mundana solo nos queda recibir los balazos que se pierdan en el conflicto y acrecentar el número de víctimas para que algún día se estudie la cifra y nuestros nietos se lleven las manos a la cabeza en clase de historia).
 
La primera posibilidad es la una intervención militar terrestre de los ejércitos implicados en el tema. Yo la descarto, pues EEUU y las potencias europeas se han posicionado claramente en contra de enviar soldados al terreno después del desastre de Irak y Afganistán.

La segunda es seguir bombardeando como hasta ahora, cosa que bueno... Es como intentar apagar un fuego con un lanzallamas. Matas a gente inocente, y al final les estás dando argumentos para ganar más adeptos. 

La tercera es cooperar con los ejércitos de la zona, opción muy y muy compleja, y a la que se han negado Francia hasta ahora. No hace mucho Kerry dijo que la única opción que quedaba era la de trabajar junto Al Assad, visión que Rusia e Irán siempre han tenido. No obstante, Al Assad no es ningún santo, y apoyarle sin acordar un arreglito “democrático” para echarlo de su puesto, no es fruto de buen gusto para Francia, que desde el principio apoyó a los rebeldes sirios. Además, una parte de la población se ha posicionado en contra de Al Assad desde el principio del conflicto, cosa que lo ha dificultado todo.


“Yo sí. Y que el dinero que das a la gente que pide limosna, se lo gastan en drogas siempre y todos ellos”.

Por si fuera poco, a sus fuentes de recursos hay que añadir las donaciones árabes, qataries, y de (no me sé el gentilicio) Bahrein, los talibanes, y alguna que otra gran empresa de Wall Street (y no solo las de seguridad y venta de armas, que también). Aunque eso son especulaciones mías...

Los medios siguen con su campaña del terror, haciendo los deberes al DAESH con tal de vender más, y demostrando una y otra vez que la sociedad ha llegado a un nivel que solo la autodestrucción nos apartará del progreso.


Dicho esto y ya para acabar, os digo que siento mucho que esté creciendo la islamofobia actualmente, pero lo entiendo. Por unos pocos homosexuales con sida, se ha etiquetado a un colectivo de por vida. No me quiero ni imaginar cómo avanzará la cosa en los próximos meses en este sentido. Lo que más terror me causa es volver a etiquetar a un colectivo por ser de un origen o una religión en concreto, como ya se hizo con los judíos en la 2da Guerra Mundial. Le temo realmente al clima de crispación que está generando toda esta violencia y asesinatos al mundo.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

EL PAGAFANTEO y LOS PAGAFANTAS

Bien. Para hoy tenía una entrada super bonita y emotiva, pero creo que me la guardaré para mí. Hoy hablaré de uno de los grandes males de la sociedad. El “pagafanteo”. Un movimiento social y cultural que me atrevo a decir que trasciende al ser humano y que puede ser encontrado en diferentes especies de seres vivos de nuestro planeta.

La mantis religiosa es un claro ejemplo. La hembra se aprovecha del macho, y en la cópula, acaba con su vida después de obtener su esperma y ser fecundada. Pero ejemplifiquémoslo para que se entienda:

M. Macho: Hola, mi nombre es Norberto y soy un Mantis, encantado.

M. Hembra: Ah. Hola. Igualmente.

M. Macho: ¿Quedamos y te invito a algo?

M. Hembra: Oye, ¿podrías fecundarme? Es que debería expandir mi ADN de mantis por la biosfera.

M. Macho: Ah. Bueno. Vale. Y luego te invito a algo si quieres.

Mantis Hembra: Sí, sí, lo que tú digas.

(Después de ser fecundada, la mantis hembra decapitó al macho y devoró su cadáver cruelmente).

Otra historia sería la del caballito de mar:

Caballito: Hola, me llamo Rodolfo y soy un caballito de mar, encantado.

Caballita: Ah. Hola.

Caballito: Me pareces una caballita muy amable, sincera y guapa. ¿Crees que podríamos salir para conocernos más y pasar un buen rato charlando amigablemente?

Caballita: Estoy liada.

Caballito: Ah, tranqui. En otro momento entonces.

(7 días después la Caballita abre en privado al Caballito).

Caballita: Hola Rodoflo. J

Caballito: Es Rodolfo jeje

Caballita: Ah. Bueno. El caso es que he puesto unos huevos y quería pedirte que me los vigilases hasta que se abriesen.

Caballito: Vale, no te preocupes. ¡Yo me encargo!

Caballita: Ok. Gracias.

Caballito: Oye, ¿estás liada aún, o podemos quedar para tomar algo?

(45 días después, el Caballito no recibió respuesta de la Caballita y los huevos eclosionaron)

Así es como funciona el “pagafanteo”. Se trata que una chica o chico, se aproveche de los sentimientos de otra persona hacia él o ella, para obtener unos beneficios propios sin dar nada a cambio, y haciendo de todo solamente una relación unilateral.

No debería sorprendernos que pase algo así hoy en día. Hace centenares de miles de años, una australopiteca inventó el “amor” para que algún macho vigilase a los depredadores mientras esta iba al río a beber agua. Esto ya estaba inventado. Lo que pasa es que en una sociedad como la española, en la que parece que el aprovechamiento de unos con otros es vertical en la medida que los poderosos se aprovechan de los pobres, queda irrisorio que el aprovechamiento de unos con otros también sea horizontal por temas sentimentales.

Hay gente con poca dignidad en el mundo, y eso es un hecho. Lo que también es importante a tener en cuenta es que, el “pagafanteo”, dentro de la “frienzone” (zona cuyo límite está entre la amistad y la relación de pareja), acaba derivando en un “pagafanteo crónico”, lo cual comporta que puede llegar a ser más doloroso y difícil salir de ahí. 

Siendo una enfermedad crónica, como enfermero y apasionado de la investigación, es mi obligación explicaros cómo vivir con una enfermedad cronificada como el "pagafanteo". Si os encontráis en esa situación o tenéis algún amigo o amiga con este problema, lo mejor que podéis hacer es salir con él o ella, subir su autoestima y mostrarle lo grande que es el mundo. Explicarle que con lo grande que es el mar, quedarse anclado en un puerto que te cobra demasiados impuestos es una chorrada, y que una vez en la deriva del mar, al final se acaba encontrando una nueva costa donde atracar.

Dicho esto, y con todos los neologismos que he introducido en esta entrada de blog, estoy totalmente dispuesto a debatir sobre el tema y a responder vuestras dudas y sugerencias.



jueves, 5 de noviembre de 2015

Un día nuevo, una historia nueva.

Hay días en los que mejor no levantarse de la cama. Por otro lado hay días en los que parece que somos capaces de convertir en oro todo lo que tocamos. La cuestión es, ¿cómo podemos ser capaces de saber qué día será de una manera y qué día será de otra? La respuesta es sencilla e imagino que todos la conocéis. No hay manera de saberlo. De hecho esa es la gracia de vivir. Esa incógnita de no saber qué va a pasar. El principio de incertidumbre es lo que da emoción a la física cuántica. 

De pequeño me preguntaba por qué no me podían pasar todas las cosas buenas que les pasaban a los niños en la tele. Imaginaba que la vida del resto de niños era fan molona como la de los críos de las series, y que no era muy afortunado en según que cosas, pero que por otro lado, tener unos padres que te quieran y un plato caliente en la mesa no es algo que tuviese todo el mundo. De pequeño me pregunté muchas veces el por qué de estas diferencias entre lo que se ve en los medios y la realidad.

Ya de mayor veo que la sociedad, estando polarizada entre ricos y pobres, siempre tiende a confundir quién está en un polo y quién en el otro, porque nos gusta mucho ostentar poder y aparentar ser felices pese a que no lo seamos. Algo así pasa en las series de televisión, donde se magnifica la vida de la gente con problemas comunes y banales con solución. En cambio, en ocasiones en la vida no hay solución a nuestros problemas, y si educamos a nuestros hijos con una utopía televisiva de sociedad, no los preparamos precisamente para afrontar los problemas del día a día.

Pero volvamos al tema principal. Hay días en los que todo va de lujo,  y otros en los que solo falta que llueva, te pille sin paraguas y andando dirección al trabajo o a la escuela. Y un mal día no ha de hacernos infelices. Todos tenemos malos días, y todos tenemos baches en la vida. Unos más graves que otros, a unos les damos más importancia que a otros. El caso es que, si no somos capaces de entender que un día malo no existe más que en nuestra mente, y que los días buenos o malos no existen, no seremos nunca felices y nuestra felicidad se verá reducida a una realidad falaz sujeta a una versión del mundo ficticia.

Aunque las cosas te vayan mal, no es motivo para dejar de hacer las cosas que haces. Al revés. Es el momento para seguir con ello y mejorar para que todo vaya mejor.

Un día en la cama es un día perdido.


Un día malo es un día que has aprendido.

No aprender de un día malo es de fracasados.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Blog serio: Los sin-patria

Hoy hablaré de un tema serio y que me ha rondado por la cabeza desde pequeño. Espero que lo leáis de forma objetiva. No tengo intención de criticar a nadie ni pretendo que alguien se sienta aludido. Simplemente quiero expresar mi opinión sobre algo que me ha molestado desde que tengo uso de razón y que quizás os puede servir para comprender como nos sentimos muchos.

Partimos de la base que vivimos en una sociedad racista. Se pide a los inmigrantes que se adapten, pero como sociedad prácticamente no se aceptan como uno más. No todos somos considerados como iguales ni se nos trata por igual y creo que pocas objeciones puede haber respecto a eso. En caso que alguien discrepe, que me deje un comentario razonándome por qué cree que la sociedad no es racista.
Veréis, mis padres, como los padres de mucha y mucha gente, son inmigrantes, y de diferentes partes del mediterráneo. El caso es que mis raíces son musulmanas y mi nombre es Omar (nombre árabe) Habbab (apellido sirio) Mohamed (esto ya queda claro de donde es). Además he nacido aquí, en España, Cataluña, Girona, y he vivido, hablado, escrito, leído y cantado toda mi vida en la misma región con las mismas lenguas.

¿Se podría decir que soy de aquí? Para mucha gente jamás seré de aquí, por más que digan que sí. Algunos, cuando ven o escuchan mi nombre, me etiquetan como un “islamista radical”. Seguro que muchas personas se imaginan que vivo en una casa, que las mujeres de mi hogar son sometidas a la ley islámica, que llevan todo el día velo, que nos pasamos todo el día rezando y que nuestra vida se basa en los fundamentos del islam. Puede que incluso haya gente que piense que mi ideología es la de un islamista radical que quiere el éxito del ISIS por tal de volver a conquistar Al-Andalus. No entraré a juzgar este tipo de comentarios porque si me tuviese que ofender por ellos, creo que no saldría de casa.

El caso es que hay quien cree tener un origen claro, unos abuelos que son de toda la vida de una región, una nación de origen y unos ancestros milenarios que lucharon en muchas guerras por quien sabe qué estúpida guerra. Sienten una patria como suya y nadie duda que son de aquí. Claro, tienen el típico apellido “González”, “Fernandez”, “Pelayo”… O simplemente se llama “Enrique”, “Fernando”, “Margarita”… El nombre lo dice todo, ¿no?

Mirad. El hecho que haya gente de ideología de extrema derecha, que piense que yo no soy de aquí pese a ser nacido aquí, haber vivido aquí, y no conocer más lugar que este, no me importa en absoluto. Lo que me causa enfado es la gente que, pese a pensar en el fondo así, no lo dice, y simplemente te trata con desdén, como si al llamarte “Omar Habbab”, ya necesitases ayuda para el idioma y creyeses en un reino de los cielos con 40 vírgenes.

De pequeño veraneaba en Melilla, y cuando queríamos ir a la playa de Marruecos, en muchas ocasiones teníamos problemas al cruzar la frontera con una documentación que ponía como ciudad de origen “Girona”. No por llevar un DNI español, porque a la gente de Melilla bien les dejan pasar. Era por el hecho de no ser de un lugar que conocían.

Al llegar aquí, como me llamaba Omar Habbab y veraneaba en Melilla, ya debía ser extranjero. “Un moro que viene aquí a aprender de nosotros” debió pensar más de una persona. Alguno pensó igual “vienen aquí a quitarnos el trabajo y las ayudas”. Aún ahora, cuando me preguntan “de dónde eres” y les digo “de aquí”, me dicen “muy de aquí no serás llamándote Omar Habbab Mohamed”.

Con 8 años fui a Siria. Lugar natal de mi padre que vino a España con 21 años y vivió aquí hasta su muerte con 67. Ahí la gente hablaba en árabe, y la comunicación no era sencilla si no sabías el idioma. Así pues, tampoco era de ahí, ¿no? Por cierto, mi padre siempre fue mucho de leer a Bécquer, recitar poemas y escuchar a Julio Iglesias.

Mi pregunta es. Si no soy de ahí y no soy de aquí (porque socialmente no se me reconoce como tal), ¿de dónde soy? ¿Cuál es mi patria? ¿Tengo bandera?

Estas preguntas se las hacen muchos jóvenes con orígenes similares a los míos y que en ocasiones son discriminados por la sociedad, por su nombre. Este es el mundo en el que vivimos mal que le pese a mucha gente, y aunque muchos estén ciegos y no sean capaces de verlo a causa del velo de un mundo bonito y multicultural que proponen desde los medios a todo quien lo quiere. Es duro sentirse una persona sin patria ni bandera. Sin un sitio al que perteneces ni una patria que te represente. Es difícil ver un mundial de futbol sin saber qué colores son los tuyos. Es complicado vivir un conflicto como el de Cataluña y España sin saber si deberías ir con unos o con otros porque eres de aquí o de allí (Una vez quise opinar sobre la independencia de Cataluña en la página de Facebook de un diario digital. Me contestó una persona diciendo “si no te gusta, vete a tu país”). No es fácil no tener gente con tu mismo apellido en clase. E incluso cuesta que al leer tu nombre en clase o en la lista de espera del médico, no sepan pronunciar tu apellido. Duele mucho.

Dicho esto, he de decir que ya hace años que resolví esta cuestión en mi cabeza. Ya os he dicho que me rondaba desde que era pequeño. La conclusión es que soy de aquí y soy de allí. No necesito que nadie me diga de donde he de ser para llegar ser feliz. Al final, te miren como te miren, acabarás encontrando amigos que te aprecien por tu forma de ser, y no por si te llamas tal o Pascual, si eres de tal origen, o si tus abuelos eran de tal país. Al final acabas encontrando gente que mira más allá de tus datos, y se fije en la persona que hay detrás de toda esa carcasa.


Al final puedes ser de aquí, de allí, y puedes ser feliz. Todos acabamos encontrando un lugar al que regresar.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Tutorial: Cómo madurar sin ser una fruta.


Una vez me dijo una persona (de sexo femenino (creo)) que soy inmaduro y que mi comportamiento es el de un crío. Yo le di la razón. Y se la volvería a dar. La gente inmadura suele llamar a los otros como tal para sentirse superiores a ellos. Es como el feo que llama “feos” a los demás para no odiarse al mirarse al espejo.

No me considero una persona madura porque sería demasiado prepotente por mi parte. Además aún me quedan muchas cosas por vivir, y no quisiera creerme ya el rey del Universo, aunque también os digo que con 22 años que tengo, he vivido quizás demasiadas experiencias ya, pero no me quejo. Cuando era pequeño nunca me dijeron que la vida fuese a ser todo un campo de rosas.

Madurar es una cosa bastante subjetiva. ¿Cómo cuantificamos la madurez de alguien? La gente suele pensar que si te comportas de forma aburrida y no te diviertes ni haces bromas nunca, eres maduro porqué eres una persona seria, e incluso se dice que las personas mayores son maduras porqué claro, han vivido muchas experiencias que les han curtido en la vida. Curtir. Eso es lo que de hace con las pieles de animales para prepararlas para ponérselas de atuendo. Como curtir un cinturón con piel de vaca, por ejemplo (no hace falta que vayamos al topicazo de cocodrilos y serpientes).

Así pues, una persona madura es alguien con experiencia que sabe que hacer siempre porque ha vivido mucho. Lo cual no implica que sea más o menos gracioso, tenga más o menos sentido del humor, tenga más o menos afición por las bromas, no sepa más o menos sobre literatura, filosofía o ciencias. Entonces, ¿por qué etiquetamos a alguien de maduro y a otra gente no, si no somos capaces de saber lo que ha vivido esa persona, ni el motivo por el cual actúa de ese modo? ¿Somos dioses omniscientes que tenemos total clarividencia para saber el algoritmo que lleva a un ser humano a actuar de un modo u otro a determinados estímulos?

Hay ocasiones en las que la vida nos pone en jaque, y algunas personas saben reaccionar y otras no. Otras veces, la vida nos pone retos, y mientras que muchos se centran en otros objetivos minoritarios, la gente realmente inteligente es capaz de ver qué es lo realmente importante, y conseguir su propósito, haciendo que a los demás les parezca fácil cuando no lo es para nada. Sin ir más lejos, yo he intentado hacer muchas cosas porque he visto a otras personas haciéndolo, y obteniendo yo un peor resultado. Incluso hay momentos en los que es tan crítica la situación que no es cosa del individuo el reaccionar o no ante esa prueba del destino (llamémosle así, que suena muy romántico), sino más bien es el propio cerebro del individuo que se bloquea. Es entonces cuando diferenciamos una persona madura de alguien que no lo es tanto.

“Discrepo, no por vivir ciertas situaciones, eres más maduro. Hay cosas que bloquean a unos y otras que bloquean a otros. Es muy general esa definición de madurez, Omar. Retírala o me veré obligado a dar a dislike a tu post”.

Ciertamente, vivir según qué cosas no te hace maduro. Es el hecho de comprender por qué suceden y aceptarlas como una parte más de la vida, o intentar mejorar para el futuro, que te hacen madurar. Vivir por vivir no está bien. Vivir y reflexionar es la salsa de ser Homo Sapiens. Y esto lo podemos aplicar a todo. Exámenes suspendidos, fracasos académicos, despidos, fallecimientos, accidentes, peleas, discusiones, debates, etc.

De hecho es el saber entender tus vivencias, aprender de ellas, aplicar lo que has aprendido, y saber disfrutar de lo que te queda, lo que creo que te hace maduro. Un cascarrabias no es maduro y un irreflexivo tampoco.

A mi entender, es la persona que ha vivido algo, y ha reflexionado sobre esa experiencia para adaptarse a ella, la que ha madurado de verdad. No creo que saber más o menos sobre series de o música, te haga más o menos maduro, y la gente que dice lo contrario, demuestra ser inmadura. Disfrutar de la vida no te hace tampoco inmaduro. Igual hacerlo en exceso sin pensar en las consecuencias, sí.

En definitiva, maduro no es al que los demás consideran como tal, sino el que no necesita que le consideren para seguir contento con su forma de ser.

Como el feo que llama a los demás “feos” para sentirse menos feo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Que te jodan, Maslow.


Hoy me apetecía escribir algo diferente.
El otro día en clase de catalán (sí, hago catalán, concretamente me estoy sacando el nivel C2), la profesora nos contaba sobre el miedo de muchas personas a enfrentarse a una hoja en blanco. A mi me pareció curioso. Nunca me ha pasado eso de no saber qué escribir en una página en la que se supone que he de contar algo. Quizás me haya pasado algo así en algún examen, cuando he de contestar una pregunta justificada y no tengo ni idea de la respuesta, pero no he tenido nunca reparos en inventarme alguna solución al respecto.
Como ya os conté hace unas cuantas entradas ya, estoy escribiendo un libro. Pues bien. Ahora mismo lo tengo estancado. No por falta de ideas, tampoco por falta de ganas. Cuando uno es perfeccionista, tiene tendencia a hacer las cosas cuando sabe que van a salir bien. Yo soy muy dejado para algunas cosas, y muy muy muy perfeccionista para otras. Este libro es una de esas cosas que, más allá de querer que el resultado sea bueno, lo necesito.
Hablemos de la necesidad de conseguir algo. Las necesidades humanas las podríamos clasificar en la típica pirámide de Maslow y permitirnos parecer muy listos. No obstante el ser humano tiene la necesidad de sentirse realizado y en ocasiones es capaz de anteponerla al resto de necesidades que, según Maslow, son necesariamente realizables antes de autorealizarse.
-Querido Maslow. Viviste cuando comer era el objetivo del 95% del planeta. No te culpo por no saber lo que es "autorealizarse" en el siglo XXI.
Volvamos al miedo a la hoja en blanco. Igual (y digo “igual” porque aquí vierto mi opinión) el miedo a la hoja en blanco viene causado por una obvia necesidad de autorealizarse que puede ser completada al escribir esa hoja en blanco. Es quizás el miedo a sentirnos autorealizados con algo, que nos impide expresarnos en una hoja en blanco. Pudiese ser esa incapacidad del ser humano de sentir su mente como suya propia, la poca confianza en uno mismo, y el hecho de no conocernos a nosotros mismos, que nos impide coger esa hoja y llenarla de ideas.
Maslow decía que para llegar a la cúspide de la pirámide, hay que cubrir el resto de necesidades. Y yo le digo, ¡QUE TE JODAN MASLOW!
“¡Qué haces loco! ¿¡A caso no es este un blog “políticamente correcto"!? ¡Quizás un "tú no sabes nada Jon Maslow" sería más friki y por tanto más adecuado para este blog!”
¿Quién son los demás para dictarnos a nosotros qué debemos hacer, cómo debemos reaccionar y cuando debemos hablar? ¿No somos a caso dueños de nosotros mismos? ¿Es el miedo a dejar de ser nosotros mismos el que nos lleva a dejar de ser nosotros mismos? Pensad esto último. Yo llevo haciéndolo toda la semana.