miércoles, 9 de diciembre de 2015

Cómo estudiar la noche antes - Making Of


Todo empezó una noche de estudio antes del primer examen de Fisiopatología de la carrera (en 2do curso). El caso es que me fui a dormir con la idea que me sabía el temario, cosa que no he podido decir en muchas ocasiones en las que he sacado buenas notas, y otras no tan buenas.
Al presentarme al examen, me enteré que era escrito, cosa que siempre me ha costado bastante pues no soy una persona que plasme correctamente de forma habitual lo que quiere decir en palabras técnicas y específicas, es decir que, si me preguntas alguna cosa concreta y no una simple explicación, me costará horrores dar con las palabras precisas.

Suspendí, y suspendí mucho. Creo recordar que no llegué al 4.

Con la moral baja, pasé de ir a reclamar, ya centrándome en el segundo examen. Nunca he sido de tirar la toalla cuando aún queda todo en juego, pero aunque no lo admitiré nunca, la moral siempre acaba ciertamente tocada cuando el resultado no es para nada el que esperabas.
La noche antes del segundo examen no dormí. Era consciente de la importancia de ese examen. Debía demostrarme a mí mismo que era capaz de aprobar un examen escrito usando términos técnicos y sin cagarla con explicaciones innecesarias.

Suspendí, y fue peor. Esta vez no llegué al 3, y una nota tan baja me hizo dudar si la puntuación era sobre 10. Esta sensación solo la tuve una vez anteriormente en la vida y fue en matemáticas de 1ero de Bachiller, cuando en el último examen del 1er trimestre, saqué un 0,9. Mi primera reacción fue mirar si era sobre 1 o sobre 10. Y era sobre 10. Desde entonces, son contadas las ocasiones que he vuelto a vivir una experiencia similar, y en Fisiopatología fue el caso.

Desesperado, con la moral por los suelos, y sin ningún tipo de esperanza en aprobar una asignatura con 2 exámenes de 3h cada uno, y escritos en la recuperación de junio, fui a hablar con la profesora.
Después de reclamar alguna decimilla en alguna pregunta y con funesto resultado, sintiéndome más bien como el que pide limosna a los pobres, fue cuando las palabras de ánimo de la profesora me iluminaron.


La profesora en cuestión me ofreció las copias de los exámenes, y me propuso que me los mirase, que los hiciese, y los volviese a hacer, y que una vez los hubiese hecho, los volviese a hacer y redactase cada una de las preguntas con sus palabras técnicas y sus especificidades. Que, si lo hacía y lo rehacía hasta la saciedad, podía aprobar el examen de recuperación. Que tenía meses por delante, y que la esperanza es lo último que hay que perder. Que ella iba a estar ahí para lo que necesitase. Que me explicaría otra vez lo que fuese necesario y que me esforzase, que lo conseguiría. Que yo era capaz de eso y mucho más.
Con las copias de los exámenes me fui a casa, las guardé en alguna carpeta y me olvidé hasta un mes antes de las recuperaciones. Entre medias, trabajé la redacción y los tecnicismos de la asignatura, y cuando llegó el tiempo de estudio un mes antes del examen, trabajé muchísimo. Semanas antes, ya me había estudiado el temario y me lo sabía. Lo olvidé y lo aprendí, lo volví a olvidar y lo volví a aprender. Una y otra vez.

Así llegué al examen habiendo repasado toda la noche antes y sin tener toda la confianza en mí mismo que hubiese tenido ahora. Empecé el examen, y en media hora ya había hecho los dos exámenes y me había dado tiempo a repasar. Creo que fui de las personas que más temario tenía para ese examen y de los que acabaron antes.

Salí con la sensación de que había sido demasiado fácil, y de no saber si había puesto el nombre, después de llenar páginas y páginas de redacción. Cuál fue mi sorpresa cuando colgaron las notas y vi que mis 3 y 2 se habían convertido en un 8 y un 9.

En ese momento me di cuenta que nunca, jamás de los jamases, hay que perder la esperanza y la fe en uno mismo. Que el trabajo bien hecho y las ganas de conseguir tus objetivos son lo que mueve el mundo, y que detrás de un estudiante que alcanza el éxito después de haber fracasado, siempre hay un buen profesor o profesora que le dio el empujoncito que le faltaba.

Entonces vi claramente que lo que necesita alguien para estudiar antes de un examen, es motivación, y que, con suficiente motivación, no hay nada imposible.

En ese momento me puse a escribir un guion, y lo grabé durante unos cuantos meses en mis ratos libres. La intención era explicar a la gente que lo primordial para conseguir un buen resultado, es tener fe en uno mismo y trabajar mucho.


Así pues, aquí os dejo el vídeo. Queda dedicado a la memoria de la profesora que en su día me motivó para aprobar Fisiopatología y a quien debo mucho más que una simple nota de una asignatura. Descanse en paz. 


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Os presento mi libro


Hoy os voy a enseñar algo que para mí es muy importante. Nada más y nada menos que las primeras líneas del libro que llevo escribiendo desde hace unos meses. Estas líneas son simples y de hecho no explican prácticamente nada de la historia en sí, pero creo que son ilustrativas del tipo de texto que me llevo entre manos.
Sin más dilación, os dejo con él, no sin antes pedir que me dejéis vuestra más sincera opinión. Gracias.

“Las tuyas”.


(Aún no tiene título)

"Esta historia empieza donde el resto de historias acaban. Esta es la historia de alguien normal y corriente a quien le hubiese gustado vivir tranquilo y de forma pacífica, mas la vida a en ocasiones nos regala aventuras pese a no desearlas, y como dice el refrán “a caballo regalado, no le mires el dentado”. Empecemos por algo sencillo, apreciado o apreciada lector o lectora. Hagamos un pacto. Un trueque entre usted, que lee, y yo que escribo. Quisiera que si le gusta la historia aquí escrita, aprenda algo de ella. No le pido que la difunda ni que la recomiende (a no ser que le gustase en demasía, en tal caso, obviamente no le barraré el paso). Simplemente quiero que aprenda algo de ella, pues nada me haría más feliz que enseñar algo a alguien que no conozco en persona. Creo que eso sin duda sería lo mejor que usted me podría ofrecer. A cambio, yo prometo explicarle una historia jamás contada, fruto de mi aburrimiento y mi locura, mezcladas a partes iguales en un cazo cuya temperatura de ebullición se consiguió hace años. No estoy loco. Los locos son aquellos que viven influidos por unos parámetros ficticios a los que llaman cultura, y cuyas reglas banales se compaginan de forma clara con la vida y la muerte del individuo. Pero dejémonos de verborrea sin sentido y vayamos a la historia que seguramente usted debe estar deseándolo.
Toda buena historia que se precie empieza en un lugar tranquilo, donde el protagonista se halla en reposo hasta que un violento cambio de trama le obliga a demostrar sus capacidades ante los cambios que suceden en su vida. Pues bien. Esta historia, nuestra historia, empieza en una ciudad muy transitada por coches de muchos colores y tamaños, motos con 2 o 3 ruedas, y autobuses de todo tipo de longitudes. La típica urbe en la que todo funciona según lo calculado, cuyo asfalto es frío en invierno y ardiente en verano, cuyas plantas se vuelven agresivamente lascivas en primavera, e intoxican a los alérgicos, y cuya atmosfera exilió a los pájaros más sensibles hace décadas. Esa es la urbe en la que iniciamos la historia que nos atañe, apreciado lector. Llueve, llueve muchísimo. Las carreteras están llenas de agua. Las alcantarillas no dan abasto para absorber toda esa cantidad de fluidos. Además, el otoño ha hecho que los pocos árboles de nuestra urbe, hayan perdido las hojas, y estas han bloqueado las alcantarillas generando un atasco en las ya de por sí maltrechas cloacas, que se han colapsado. El pavimento es una piscina y los coches que circulan, lo hacen como en su día hizo Moisés al separar las aguas del Mar Rojo. Agua, agua y más agua. Así es imposible circular si eres peatón, a no ser que lleves contigo un buen par de botas que te alcancen las rodillas y, junto a ellas, un chubasquero que te proteja de las inclemencias del tiempo. Agua, agua y más agua. Algún inocente perdido en el desierto oró en la dirección equivocada y en lugar de llover ahí, llovió en donde el agua ya era una moda. Las farolas de las calles que aún aguantan, chispean luces inconexas como si en algún punto de sus circuitos, alguien hubiese extirpado el cable equivocado y en ellas se fuera a detonar una bomba. Los polluelos que vivían encima de más de una farola, han muerto ya abnegados por semejante turba del líquido de la vida, el mismo disolvente en el que hace miles de millones de años, las primeras proteínas formaron la vida según algunas teorías. El agua de la vida, y el agua de la muerte. Y de esa muerte, vuelve a resurgir la vida para morir y renacer.

En medio de la calle, un grupo de jóvenes embriagados por su edad, andan sin protección alguna, con sus ropajes pegados al cuerpo y mojados hasta el tuétano, pero felices y vivos como nadie en esa ciudad. Ciertamente, andar bajo la lluvia sin protegerse le confiere a uno de la capacidad de sentirse libre de todo juicio moral. Sabes que aparentas ser un loco, pero da igual. Estás vivo. Los muertos no sienten la humedad de la lluvia, igual que tampoco la siente alguien con botas, chubasquero y paraguas. Eres un homínido y te sientes como tal, en una ciudad que ha evolucionado muchísimo, en un asfalto realizado con fósiles de seres prehistóricos, y rodeado de coches cuya pieza más natural es la piel de los zapatos del que lo conduce. Nos preguntamos constantemente si somos libres, y puede que la ley nos ampare para serlo, pero jamás lo seremos tanto como alguien que pasea bajo la lluvia, sin miedo a mojarse. "

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El destino y cuándo Dios te guiña el ojo

¡Hola! ¿Qué tal? ¿Todo bien? Yo genial, gracias.

Hoy hablaré de cosas no relacionadas con la política, e intentaré filosofar sobre las reglas universales, la suerte, etc. Este tema es algo que siempre ha rondado en mi cabeza y nunca he contado todo lo que he experimentado con ello pese a que podría explicar muchas cosas. Quizás alguna vez he explicado algo a algún ente de sexo femenino en pleno cortejo con mal final, pero vamos, como el que habla con las paredes.

Menudo loser LOL OMG LMFAO”.

El caso es que no creo en un destino predeterminado, pero no puedo evitar sentirme afortunado con mi vida, y suelo relacionar mis logros con la casualidad y la suerte. No es que me infravalore, pero he vivido ciertas experiencias tan raras que te planteas si tantas casualidades en una misma vida son posibles (lo estoy releyendo y suena raro de cojones).

Un ejemplo es haber entrado en la carrera de enfermería con la nota de corte de la promoción (es decir, la nota mínima que se pidió), después de decidir que quizás no era lo mío, y habiendo pasado un año sabático tras no haber entrado al primer intento. Otro ejemplo es no haber repetido nunca una asignatura pese a haberme presentado a más de 20 recuperaciones en toda mi vida. Otro ejemplo es que cambien los parámetros del examen por una incidencia aliena a mí, y acabar aprobando por la mínima gracias a ello y de forma totalmente rocambolesca. O como la vez que fui escogido "hereu" de la UdG (un concurso de popularidad por así decirlo) por un punto de las bases del concurso. O la vez que...

"VALE, VALE, CREO QUE HA QUEDADO CLARO, ERES UN TÍO CON SUERTE".

Mi vida está totalmente llena de casualidades de ese tipo y a veces son tan raras que me asusto. Seguramente alguien que me conozca y esté leyendo esto, igual ha vivido alguna experiencia casual de estas que me pasan.

Muchas veces me he planteado que a todo el mundo le pasan cosas de este calibre, y tan frecuentemente como a mí. Y no. Se ve que soy muy suertudo, hay algún ente sobrenatural controlando mis acciones, un genio maligno tiene un plan para mí, o igual soy un gilipollas que presta demasiada atención a las casualidades.

Yo apuesto por la última opción”.

El caso es que, la misma chica a quien se lo comenté, me dijo que no habían casualidades y que lo que conseguía era por méritos propios. Supongo que es la típica frase que dice alguien que no cree en las casualidades y que todo lo que consigue lo hace con esfuerzo y sacrificio. Algo así como estar contento porque te ha tocado la lotería, pero pensar que te lo mereces por haber invertido 20 euros.

Contada toda la historia, os voy a explicar mi versión. Una vez mi padre me contó que en esta vida hay que ser positivo para que las cosas vayan bien, y no lo entendí hasta que lo medité con profundidad. Se refería al positivismo. El hecho de ver las cosas positivas por encima de las negativas, prestar atención a las cosas buenas por encima de las malas y pensar que todo lo malo puede mejorar y que somos afortunados. Esa es la clave para que las cosas vayan bien.

Pensadlo. ¿Quién es más feliz, alguien que piensa que todo le va a ir mal y que se merece lo que tiene porque se lo ha ganado con mucho esfuerzo, o alguien que cree que todo irá bien y que más que esforzarse y sacrificarse, lo suyo es divertirse con lo que se hace y que pase a ser un buen recuerdo?

En definitiva. No estamos predestinados. No hay nadie tocado con una varita ni guiado por los ángeles. Solo hay diferentes realidades y formas de mirar nuestras propias vidas. Recordad que la realidad es relativa y que nuestras mejores memorias se crean a base de emociones positivas. Suena muy metafísico, pero es más bien algo psicológico. Aunque tu vida sea basura para ti, será impresionante para otra persona en la otra punta del mundo, y eso ya de por sí es motivo suficiente para no despreciar los detalles increiblemente casuales de nuestra vida y sentirnos afortunados por ello.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Alí Babá, el ISIS y la indiferencia occidental IV

En anteriores episodios…

Os he contado ya la historia del conflicto en Siria y Oriente Próximo, os he explicado las causas de la creación del ISIS e incluso os he susurrado antes que nadie quién era el mecenas del ahora llamado DAESH (va por modas esto).

Ante los atentados de París y la situación de alarma que vive ahora Europa, en la que muchos ciudadanos, sean de la cultura o religión que sean, viven con temor de ser la próxima víctima del ISIS, me veo en la obligación de explicaros cómo ha avanzado la cosa. Ya sabéis que yo me basaré en hemeroteca, y que si alguien quiere otro tipo de noticias, para eso tenemos a JL en YouTube, que seguro habrá encontrado alguna relación entre los reptilianos y el ISIS.

Volviendo al tema, nadie habla del drama sirio si no hay un atentado en occidente, o como mínimo la prensa lo ignora de forma escandalosa, superponiendo el peinado de Ramos a las muertes de civiles (seres humanos como el que escribe esto o tú que lo lees) día a día, en la otra costa del mismo Mediterráneo donde muchos veraneamos.


Hago una puntualización. Cuando digo “dividido entre los partidarios” me refiero a que unos pocos tienen el poder, y los otros bajan la cabeza, dicen “sí” a todo, y si no es así, acaban con su vida, sueños, aspiraciones, rutina, estudios, esfuerzos, etc. de un balazo. Todo esto se acaba cuando matan un joven francés en la discoteca “Bataclan”, o cuando matan a un joven sirio mientras va a comprar la ración de pan que sustentará a su familia toda la semana las pocas horas al día que no hay fuego cruzado en las calles.

A nosotros, occidentales, nos molesta que los chicos franceses cometan atentados aquí, cunde el pánico unos días y mucha gente piensa “estos moros son todos unos violentos asesinos”, pero imaginad qué deben pensar ahí cuando un francés va a su país a matarlos. Igual piensan “estos franceses son todos unos violentos asesinos”.

Entonces, ¿somos iguales?

Volvamos a la guerra. Se plantean muchas maneras de enfocar ahora el conflicto. En Francia, los Reyes (presidente, primer ministro, etc. que tienen un poder absolutista ahora mismo en estado de excepción), hablan ya de guerra abierta (curiosamente cuando ya llevan meses bombardeando Siria). Además, este viernes se celebra una cumbre de ministros de interior para abordar el tema y ver si se va a cambiar el tipo de actuación en Siria.

Tres posibilidades se abren ante los políticos (y digo políticos porqué a la población mundana solo nos queda recibir los balazos que se pierdan en el conflicto y acrecentar el número de víctimas para que algún día se estudie la cifra y nuestros nietos se lleven las manos a la cabeza en clase de historia).
 
La primera posibilidad es la una intervención militar terrestre de los ejércitos implicados en el tema. Yo la descarto, pues EEUU y las potencias europeas se han posicionado claramente en contra de enviar soldados al terreno después del desastre de Irak y Afganistán.

La segunda es seguir bombardeando como hasta ahora, cosa que bueno... Es como intentar apagar un fuego con un lanzallamas. Matas a gente inocente, y al final les estás dando argumentos para ganar más adeptos. 

La tercera es cooperar con los ejércitos de la zona, opción muy y muy compleja, y a la que se han negado Francia hasta ahora. No hace mucho Kerry dijo que la única opción que quedaba era la de trabajar junto Al Assad, visión que Rusia e Irán siempre han tenido. No obstante, Al Assad no es ningún santo, y apoyarle sin acordar un arreglito “democrático” para echarlo de su puesto, no es fruto de buen gusto para Francia, que desde el principio apoyó a los rebeldes sirios. Además, una parte de la población se ha posicionado en contra de Al Assad desde el principio del conflicto, cosa que lo ha dificultado todo.


“Yo sí. Y que el dinero que das a la gente que pide limosna, se lo gastan en drogas siempre y todos ellos”.

Por si fuera poco, a sus fuentes de recursos hay que añadir las donaciones árabes, qataries, y de (no me sé el gentilicio) Bahrein, los talibanes, y alguna que otra gran empresa de Wall Street (y no solo las de seguridad y venta de armas, que también). Aunque eso son especulaciones mías...

Los medios siguen con su campaña del terror, haciendo los deberes al DAESH con tal de vender más, y demostrando una y otra vez que la sociedad ha llegado a un nivel que solo la autodestrucción nos apartará del progreso.


Dicho esto y ya para acabar, os digo que siento mucho que esté creciendo la islamofobia actualmente, pero lo entiendo. Por unos pocos homosexuales con sida, se ha etiquetado a un colectivo de por vida. No me quiero ni imaginar cómo avanzará la cosa en los próximos meses en este sentido. Lo que más terror me causa es volver a etiquetar a un colectivo por ser de un origen o una religión en concreto, como ya se hizo con los judíos en la 2da Guerra Mundial. Le temo realmente al clima de crispación que está generando toda esta violencia y asesinatos al mundo.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

EL PAGAFANTEO y LOS PAGAFANTAS

Bien. Para hoy tenía una entrada super bonita y emotiva, pero creo que me la guardaré para mí. Hoy hablaré de uno de los grandes males de la sociedad. El “pagafanteo”. Un movimiento social y cultural que me atrevo a decir que trasciende al ser humano y que puede ser encontrado en diferentes especies de seres vivos de nuestro planeta.

La mantis religiosa es un claro ejemplo. La hembra se aprovecha del macho, y en la cópula, acaba con su vida después de obtener su esperma y ser fecundada. Pero ejemplifiquémoslo para que se entienda:

M. Macho: Hola, mi nombre es Norberto y soy un Mantis, encantado.

M. Hembra: Ah. Hola. Igualmente.

M. Macho: ¿Quedamos y te invito a algo?

M. Hembra: Oye, ¿podrías fecundarme? Es que debería expandir mi ADN de mantis por la biosfera.

M. Macho: Ah. Bueno. Vale. Y luego te invito a algo si quieres.

Mantis Hembra: Sí, sí, lo que tú digas.

(Después de ser fecundada, la mantis hembra decapitó al macho y devoró su cadáver cruelmente).

Otra historia sería la del caballito de mar:

Caballito: Hola, me llamo Rodolfo y soy un caballito de mar, encantado.

Caballita: Ah. Hola.

Caballito: Me pareces una caballita muy amable, sincera y guapa. ¿Crees que podríamos salir para conocernos más y pasar un buen rato charlando amigablemente?

Caballita: Estoy liada.

Caballito: Ah, tranqui. En otro momento entonces.

(7 días después la Caballita abre en privado al Caballito).

Caballita: Hola Rodoflo. J

Caballito: Es Rodolfo jeje

Caballita: Ah. Bueno. El caso es que he puesto unos huevos y quería pedirte que me los vigilases hasta que se abriesen.

Caballito: Vale, no te preocupes. ¡Yo me encargo!

Caballita: Ok. Gracias.

Caballito: Oye, ¿estás liada aún, o podemos quedar para tomar algo?

(45 días después, el Caballito no recibió respuesta de la Caballita y los huevos eclosionaron)

Así es como funciona el “pagafanteo”. Se trata que una chica o chico, se aproveche de los sentimientos de otra persona hacia él o ella, para obtener unos beneficios propios sin dar nada a cambio, y haciendo de todo solamente una relación unilateral.

No debería sorprendernos que pase algo así hoy en día. Hace centenares de miles de años, una australopiteca inventó el “amor” para que algún macho vigilase a los depredadores mientras esta iba al río a beber agua. Esto ya estaba inventado. Lo que pasa es que en una sociedad como la española, en la que parece que el aprovechamiento de unos con otros es vertical en la medida que los poderosos se aprovechan de los pobres, queda irrisorio que el aprovechamiento de unos con otros también sea horizontal por temas sentimentales.

Hay gente con poca dignidad en el mundo, y eso es un hecho. Lo que también es importante a tener en cuenta es que, el “pagafanteo”, dentro de la “frienzone” (zona cuyo límite está entre la amistad y la relación de pareja), acaba derivando en un “pagafanteo crónico”, lo cual comporta que puede llegar a ser más doloroso y difícil salir de ahí. 

Siendo una enfermedad crónica, como enfermero y apasionado de la investigación, es mi obligación explicaros cómo vivir con una enfermedad cronificada como el "pagafanteo". Si os encontráis en esa situación o tenéis algún amigo o amiga con este problema, lo mejor que podéis hacer es salir con él o ella, subir su autoestima y mostrarle lo grande que es el mundo. Explicarle que con lo grande que es el mar, quedarse anclado en un puerto que te cobra demasiados impuestos es una chorrada, y que una vez en la deriva del mar, al final se acaba encontrando una nueva costa donde atracar.

Dicho esto, y con todos los neologismos que he introducido en esta entrada de blog, estoy totalmente dispuesto a debatir sobre el tema y a responder vuestras dudas y sugerencias.



jueves, 5 de noviembre de 2015

Un día nuevo, una historia nueva.

Hay días en los que mejor no levantarse de la cama. Por otro lado hay días en los que parece que somos capaces de convertir en oro todo lo que tocamos. La cuestión es, ¿cómo podemos ser capaces de saber qué día será de una manera y qué día será de otra? La respuesta es sencilla e imagino que todos la conocéis. No hay manera de saberlo. De hecho esa es la gracia de vivir. Esa incógnita de no saber qué va a pasar. El principio de incertidumbre es lo que da emoción a la física cuántica. 

De pequeño me preguntaba por qué no me podían pasar todas las cosas buenas que les pasaban a los niños en la tele. Imaginaba que la vida del resto de niños era fan molona como la de los críos de las series, y que no era muy afortunado en según que cosas, pero que por otro lado, tener unos padres que te quieran y un plato caliente en la mesa no es algo que tuviese todo el mundo. De pequeño me pregunté muchas veces el por qué de estas diferencias entre lo que se ve en los medios y la realidad.

Ya de mayor veo que la sociedad, estando polarizada entre ricos y pobres, siempre tiende a confundir quién está en un polo y quién en el otro, porque nos gusta mucho ostentar poder y aparentar ser felices pese a que no lo seamos. Algo así pasa en las series de televisión, donde se magnifica la vida de la gente con problemas comunes y banales con solución. En cambio, en ocasiones en la vida no hay solución a nuestros problemas, y si educamos a nuestros hijos con una utopía televisiva de sociedad, no los preparamos precisamente para afrontar los problemas del día a día.

Pero volvamos al tema principal. Hay días en los que todo va de lujo,  y otros en los que solo falta que llueva, te pille sin paraguas y andando dirección al trabajo o a la escuela. Y un mal día no ha de hacernos infelices. Todos tenemos malos días, y todos tenemos baches en la vida. Unos más graves que otros, a unos les damos más importancia que a otros. El caso es que, si no somos capaces de entender que un día malo no existe más que en nuestra mente, y que los días buenos o malos no existen, no seremos nunca felices y nuestra felicidad se verá reducida a una realidad falaz sujeta a una versión del mundo ficticia.

Aunque las cosas te vayan mal, no es motivo para dejar de hacer las cosas que haces. Al revés. Es el momento para seguir con ello y mejorar para que todo vaya mejor.

Un día en la cama es un día perdido.


Un día malo es un día que has aprendido.

No aprender de un día malo es de fracasados.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Blog serio: Los sin-patria

Hoy hablaré de un tema serio y que me ha rondado por la cabeza desde pequeño. Espero que lo leáis de forma objetiva. No tengo intención de criticar a nadie ni pretendo que alguien se sienta aludido. Simplemente quiero expresar mi opinión sobre algo que me ha molestado desde que tengo uso de razón y que quizás os puede servir para comprender como nos sentimos muchos.

Partimos de la base que vivimos en una sociedad racista. Se pide a los inmigrantes que se adapten, pero como sociedad prácticamente no se aceptan como uno más. No todos somos considerados como iguales ni se nos trata por igual y creo que pocas objeciones puede haber respecto a eso. En caso que alguien discrepe, que me deje un comentario razonándome por qué cree que la sociedad no es racista.
Veréis, mis padres, como los padres de mucha y mucha gente, son inmigrantes, y de diferentes partes del mediterráneo. El caso es que mis raíces son musulmanas y mi nombre es Omar (nombre árabe) Habbab (apellido sirio) Mohamed (esto ya queda claro de donde es). Además he nacido aquí, en España, Cataluña, Girona, y he vivido, hablado, escrito, leído y cantado toda mi vida en la misma región con las mismas lenguas.

¿Se podría decir que soy de aquí? Para mucha gente jamás seré de aquí, por más que digan que sí. Algunos, cuando ven o escuchan mi nombre, me etiquetan como un “islamista radical”. Seguro que muchas personas se imaginan que vivo en una casa, que las mujeres de mi hogar son sometidas a la ley islámica, que llevan todo el día velo, que nos pasamos todo el día rezando y que nuestra vida se basa en los fundamentos del islam. Puede que incluso haya gente que piense que mi ideología es la de un islamista radical que quiere el éxito del ISIS por tal de volver a conquistar Al-Andalus. No entraré a juzgar este tipo de comentarios porque si me tuviese que ofender por ellos, creo que no saldría de casa.

El caso es que hay quien cree tener un origen claro, unos abuelos que son de toda la vida de una región, una nación de origen y unos ancestros milenarios que lucharon en muchas guerras por quien sabe qué estúpida guerra. Sienten una patria como suya y nadie duda que son de aquí. Claro, tienen el típico apellido “González”, “Fernandez”, “Pelayo”… O simplemente se llama “Enrique”, “Fernando”, “Margarita”… El nombre lo dice todo, ¿no?

Mirad. El hecho que haya gente de ideología de extrema derecha, que piense que yo no soy de aquí pese a ser nacido aquí, haber vivido aquí, y no conocer más lugar que este, no me importa en absoluto. Lo que me causa enfado es la gente que, pese a pensar en el fondo así, no lo dice, y simplemente te trata con desdén, como si al llamarte “Omar Habbab”, ya necesitases ayuda para el idioma y creyeses en un reino de los cielos con 40 vírgenes.

De pequeño veraneaba en Melilla, y cuando queríamos ir a la playa de Marruecos, en muchas ocasiones teníamos problemas al cruzar la frontera con una documentación que ponía como ciudad de origen “Girona”. No por llevar un DNI español, porque a la gente de Melilla bien les dejan pasar. Era por el hecho de no ser de un lugar que conocían.

Al llegar aquí, como me llamaba Omar Habbab y veraneaba en Melilla, ya debía ser extranjero. “Un moro que viene aquí a aprender de nosotros” debió pensar más de una persona. Alguno pensó igual “vienen aquí a quitarnos el trabajo y las ayudas”. Aún ahora, cuando me preguntan “de dónde eres” y les digo “de aquí”, me dicen “muy de aquí no serás llamándote Omar Habbab Mohamed”.

Con 8 años fui a Siria. Lugar natal de mi padre que vino a España con 21 años y vivió aquí hasta su muerte con 67. Ahí la gente hablaba en árabe, y la comunicación no era sencilla si no sabías el idioma. Así pues, tampoco era de ahí, ¿no? Por cierto, mi padre siempre fue mucho de leer a Bécquer, recitar poemas y escuchar a Julio Iglesias.

Mi pregunta es. Si no soy de ahí y no soy de aquí (porque socialmente no se me reconoce como tal), ¿de dónde soy? ¿Cuál es mi patria? ¿Tengo bandera?

Estas preguntas se las hacen muchos jóvenes con orígenes similares a los míos y que en ocasiones son discriminados por la sociedad, por su nombre. Este es el mundo en el que vivimos mal que le pese a mucha gente, y aunque muchos estén ciegos y no sean capaces de verlo a causa del velo de un mundo bonito y multicultural que proponen desde los medios a todo quien lo quiere. Es duro sentirse una persona sin patria ni bandera. Sin un sitio al que perteneces ni una patria que te represente. Es difícil ver un mundial de futbol sin saber qué colores son los tuyos. Es complicado vivir un conflicto como el de Cataluña y España sin saber si deberías ir con unos o con otros porque eres de aquí o de allí (Una vez quise opinar sobre la independencia de Cataluña en la página de Facebook de un diario digital. Me contestó una persona diciendo “si no te gusta, vete a tu país”). No es fácil no tener gente con tu mismo apellido en clase. E incluso cuesta que al leer tu nombre en clase o en la lista de espera del médico, no sepan pronunciar tu apellido. Duele mucho.

Dicho esto, he de decir que ya hace años que resolví esta cuestión en mi cabeza. Ya os he dicho que me rondaba desde que era pequeño. La conclusión es que soy de aquí y soy de allí. No necesito que nadie me diga de donde he de ser para llegar ser feliz. Al final, te miren como te miren, acabarás encontrando amigos que te aprecien por tu forma de ser, y no por si te llamas tal o Pascual, si eres de tal origen, o si tus abuelos eran de tal país. Al final acabas encontrando gente que mira más allá de tus datos, y se fije en la persona que hay detrás de toda esa carcasa.


Al final puedes ser de aquí, de allí, y puedes ser feliz. Todos acabamos encontrando un lugar al que regresar.